Capítulo 16: La caja de brownies

94 21 37
                                        

!Viva mi fuerza de voluntad!

Entré al local que Máximo había rentado para su fiesta

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Entré al local que Máximo había rentado para su fiesta. El golpe seco de la música electrónica me golpeó el pecho antes de que mis ojos se acostumbraran a la luz tenue. Altavoces gigantes dominaban el centro del salón, y el ritmo parecía vibrar en mis propios huesos. Avancé, esquivando grupos de gente que bailaba o reía con cervezas en la mano, sintiéndome como un espectro, fuera de lugar, un error en la ecuación perfecta de la noche.

—¡Hey! ¡qué bueno que llegaste! —La voz de Máximo me sacó de mi ensoñación. Me sonreía, con esa energía contagiosa que siempre lo rodeaba.

Le devolví la sonrisa, forzada, y le alcancé la caja de brownies que llevaba. Los había envuelto en un papel transparente impecable, pero ahora me parecían una ofrenda miserable, un pobre intento de enmendar algo que no tenía arreglo.

—Espero que te gusten —dije, sintiendo el peso de la mentira. No eran solo míos. Eran de Ryo. Él había roto el chocolate, él había batido la masa. Yo solo los había horneado, envenenados con mi culpa. Incluso me comí uno de camino, y su dulzura se tornó en hiel en mi estómago al recordar la expresión herida en sus ojos.

—No tenías que tomarte tantas molestias, con tu presencia era suficiente —dijo Máximo, y su mano tocó la mía. Su contacto era cálido, seguro. Todo lo contrario, al caos que sentía por dentro.

—Quería hacerlo —mentí de nuevo.

Como anfitrión, Máximo tuvo que dejarme para atender a otros. Me quedé sola, varada en un mar de caras felices. Deambulé, fingiendo interés en conversaciones ajenas, sonriendo cuando alguien me miraba, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia. En la cocina de mi casa. En los ojos plateados de Ryo.

—¿Eres una de las chicas que sufrió el encuentro paranormal en el baño? —La voz curiosona me hizo girar. Era Victoria, de publicidad. Su mirada era intrusiva.

—Hola —murmuré, incómoda.

—Me hubiera encantado estar allí, amo lo extraño —dijo, guiñándome un ojo—. Me gustan tus guantes. ¿Por qué ocultas tus manos?

—Protección —respondí secamente, tomando un trago amargo de mi cerveza. No pude evitar pensar que era la misma excusa que usaba para ocultar mi cicatriz, para ocultarme yo misma.

—Apuesto que con ese color de ojos tan llamativos abres los portales del infierno —soltó ella, riendo, antes de desaparecer entre la multitud.

Me estremecí. Sus palabras, aunque dichas en broma, me resonaron demasiado. ¿Acaso mi sola presencia atraía lo peor? ¿Acaso era yo el portal?

Intenté unirme a otro grupo, pero mi mirada vagaba sin rumbo. Y entonces lo vi. Sobre una mesa auxiliar, casi escondidos, estaban nuestros brownies. Intactos. Ignorados. Ni siquiera Máximo los había probado. Un impulso repentino me hizo querer agarrarlos y huir, pero me detuve. No tenía derecho.

Mi chico DōpuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora