Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
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El embotellamiento era infernal. La gente tocaba la bocina sin parar y algunos hasta bajaban de sus autos, frustrados. Yo observé mi reloj por enésima vez. Llegaríamos tarde al partido, y cada segundo perdido en ese infierno de tráfico era un segundo menos de ver a Máximo en su elemento, un segundo más de encierro con la fuente de todos mis problemas.
—¿Podrías dejar de cambiar de emisora? —indagué, moliendo los dientes. El constante zapping sonoro de Héctor estaba a punto de volverme loca.
—No —dijo él con una indiferencia que me sacó de quicio—. No pienso quedarme aquí encerrado contigo con ese humor de perro que traes. Para que sepas, fuiste tú quien nos invitó.
Puse los ojos en blanco. En el asiento trasero, Ryo empezaba a dar saltitos de impaciencia, mirando por la ventana con la fascinación de un niño. Al final, encontré un hueco, giré el volante y me colé en otro carril, dejando las huellas de mis llantas en el pavimento con un chirrido satisfactorio.
—Recuerda —le dije a Ryo a través del retrovisor, apuntándolo con el dedo—. Nada de hablar con extraños. Y si alguien te pregunta, eres un huésped que esta de paso. Y dile a tu gato guardián que me deben dinero para mis estudios médicos.
—Ay, Scarlett, ya párale —se quejó Héctor cuando por fin conseguimos estacionar—. Ni que te hubiera embarazado.
—Por su culpa no puedo tocar nada que no termine chamuscado —me quejé, mostrándole mis manos enguantadas como si fueran la prueba del crimen.
—Oye, Ryo, la próxima vez me das un besito a mí —expresó Héctor jocoso—. Tal vez en mi caso desarrolle poderes arácnidos.
—O reptilianos —contraataque de inmediato.
—Te odio cuando te pones odiosa. —Héctor me sacó la lengua y luego dirigió su atención a Ryo, quien lucía casual pero absurdamente elegante con la ropa usada que mi abuela le consiguió. Héctor le entregó una chaqueta con el logo de Demon Slayer que sacó de quién sabe dónde—. Te voy a servir de guía porque tu sirvienta estará en plan "baba ven a mí" con el jugador estrella por un largo rato.
—No me preguntes, solo obsérvala —soltó Héctor en medio de una carcajada.
Mi única respuesta fue sacarle el dedo corazón. La cancha estaba repleta. Antes de sentarnos, eché un vistazo al calendario de baloncesto masculino, memorizando fechas por si había una próxima invitación. Soñar despierta era gratis.
El partido transcurrió sin mayores sobresaltos. En el primer descanso, Máximo me miró y me saludó con la mano. Le devolví el saludo con una sonrisa tan tonta que me ardieron las mejillas. Al lado, Héctor le explicaba a Ryo la función de cada jugador.