Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
Algunas historias de amor están destinadas a ser eternas.
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El aire en la habitación era pesado, cargado de nuestros jadeos entrecortados y el dulce aroma de nuestra piel sudorosa. Akio exploró mi boca con una devoción que me hacía enloquecer, cada beso un recordatorio silencioso de que, al fin, éramos solo suyos el uno para el otro. Un estremecimiento me recorrió al evocar cómo me había elevado, tan liviana como una pluma, contra la pared del pasillo para desnudarme con manos expertas que me dejaban sin aliento. En este universo en miniatura que solo nos pertenecía a nosotros, el mundo exterior y sus obligaciones habían dejado de existir.
Me mordí suavemente el labio inferior cuando el amor de mi existencia me tumbó en la cama y comenzó a depositar besos húmedos por mi rostro y cuello. Descendió hacia mis pechos y envolvió uno de ellos con su boca, succionando ligeramente para arrancarme otro gemido. Mientras sus dedos continuaban acariciando con destreza mi zona íntima, un fuego impaciente crecía en mi interior. Cuando creí que no podría soportar más, su boca sustituyó la magia de sus dedos, llevándome al borde del abismo.
Mi corazón latía como un tambor frenético, y gemía con fuerza ante las succiones de Akio. En algún rincón de la habitación, mi brazalete mágico sonó insistentemente, reclamándome para el trabajo. Pero él solo tiró suavemente de mis caderas, acercándome más a su cuerpo, negándose a soltarme, y continuó hasta que mis gritos resonaron por toda la habitación. Tenía los ojos cerrados, y me humedecí los labios en un vano intento por recuperar el aliento.
—Akio, creo que tengo que irme —logré decir, jadeante.
Él se inclinó hacia delante y me besó despacio, se separó por un segundo para coger aire y atrapó mis labios de nuevo con un hambre que casi me convence de quedarme.
—Ni creas que me vas a hacer cambiar de opinión, tengo que irme —susurré, sin estar para nada convencida de mis propias palabras.
Sentí la yema de sus dedos recorrer mi muslo hasta mi piel erizada. Enredé mis manos en su pelo, atrayéndolo para atrapar sus labios una vez más. Suspiré y me removí bajo él, buscando una postura que nunca sería lo suficientemente cercana. Akio no quería escuchar excusas; solo quería sentirme, y en ese momento, yo también solo quería sentirle a él.
—¿Decías algo? —preguntó él contra mis labios, su voz una caricia baja y ronca.
Sentí un tirón en la parte baja de mi vientre, cada vez más fuerte, más urgente. Envolví su cintura con mis piernas, guiándolo hacia mí. Jadeé contra su cuello antes de comenzar a moverme con él, despacio al principio, luego encontrando un ritmo que solo nosotros conocíamos. Entre gemidos y caricias, nos movimos más rápido hasta que el mundo estalló en una cacofonía de sensaciones y sentimos como si cayéramos juntos en un vacío sin fin. Jadeando en el oído del otro, nos mecimos un par de veces más hasta que los temblores cesaron y él dejó caer la cabeza sobre mi hombro, su peso una frazada perfecta.