Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
Aquí, confiar en alguien es el juego más peligroso de todos.
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Al salir del aula con más dudas que respuestas, fui abordada por Máximo, que me invitó a tomarnos un helado. Me preguntó si participaría en la beca y mi afirmación le sorprendió bastante. Fijamos el día para reunirnos y tuve que esperar a que Héctor terminara de hablar con una chica que pensaba que podría obtener algo de él. Si no siente una conexión más allá de lo físico con una persona, no le tiembla el pulso en mandarla a volar.
La conversación se extendió. Empecé a toser un poco fuerte como señal. Y, mientras era ignorada por mi amigo, un conserje pasó a mi lado arrastrando una bolsa rebosante de basura y un pedazo de periódico cayó sobre mis pies. El empleado de limpieza abrió el contenedor y tiró los desperdicios sin percatarse de lo que hizo.
Tomé el pedazo de papel y leí el titular de un artículo que me dejó fría. Allí se mencionaba que la familia del señor Tanaka daba parte a la policía, además resaltaba que poseían un video de seguridad con algunas escenas borradas. Solo tenían capturado cuando un gato tomó un monedero que estaba encima del mostrador, lo que no arrojaba nada a la investigación. Al final, concluía que la policía continuaba recopilando información.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Héctor.
Le pasé el periódico para que leyera el artículo.
—Creo que... —no pude hablar por el cúmulo de emociones que traté de controlar.
—Oye, aquí no mencionan tu nombre, no tienes de qué preocuparte —me indicó Héctor.
—No lo hace, pero es cuestión de tiempo —expresé preocupada.
—Por lo que veo, eso lo dejarán así, a menos que la familia se mueva —soltó Héctor, tirando el periódico en el contenedor de basura.
—Señorita Parra.
El detective Cabrera se detuvo frente a nosotros, frunciendo el ceño.
—¿Quién es usted? —preguntó, confuso, Héctor.
—Necesito hablar con la señorita Parra —aclaró el detective Cabrera de inmediato.
—Ya le he dicho que no deseo colaborar con su investigación —dije con cierto temblor en la voz.
—No entiendo su resistencia —objetó Cabrera con decisión—. Solo serán unas cuantas preguntas.
—Oiga, no la escuchó —intervino Héctor, que se colocó delante de mí—. Ella no desea hablar con usted. Además, ¿la está persiguiendo o qué? ¿No sabe que eso se considera acoso?
—Estamos en un recinto educativo —respondió el detective sin dejarse amedrentar—. Puedo entrar y salir de aquí sin ningún problema.
—Es cierto, pero eso no le da derecho a acercarse a una persona que le dice que no la quiere cerca. Eso sí se considera acoso —objetó Héctor.