Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
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Andaba de un humor de perros. Cada vez que cerraba los ojos, revivía el momento en el pasillo: su cuerpo contra el mío, el roce de sus labios, esa maldita corriente eléctrica que parecía haber quedado pululando bajo mi piel como un recordatorio imborrable. El abuso de confianza de Ryo me tenía cabreada, pero lo que más me fastidiaba era mi propia reacción.
Y para colmo, recordé las palabras de mi abuela: "nada sexual a menos que sea consensuado". ¿Había sido consensuado? No. ¿Había sido sexual? Mi estómago se encogió al admitir que, por un microsegundo, había sido... intenso.
Me sentí impotente. Sabía que, aunque le contara a Leticia lo sucedido, no los echaría a la calle. No con los depósitos de Asumi financiando su nuevo aire acondicionado y el colchón ortopédico con el que ahora seguramente dormía a pierna suelta.
Subí a la habitación de Ryo con pasos decididos, necesitaba confrontarlo, poner límites claros. Pero al abrir la puerta, el aire se me atragantó. La maceta no estaba en su sitio. Un pánico irracional me recorrió. ¿Se había ido? ¿Lo habían robado?
—¿Bajo tortura lo admitiría? —murmuré para mí, negándome a aceptar que me importaba.
Entonces vi las huellas de tierra en el suelo. Pequeños grumos marrones que llevaban hacia la escalera de la azotea. La seguí, mi corazón latiendo con un presentimiento absurdo, y allí los encontré.
A Tito, mi hermano pequeño, jugando a "jardinería" con la maceta que contenía a Ryo. Y a él, la planta, disfrutando plácidamente del sol de la mañana.
—Tito, pero ¿qué diablos estás haciendo? —pregunté, tratando de que mi voz sonara firme y no como el chillido de pánico que quería soltar.
Mi hermano se giró, sin dejar de acomodar el tiesto con una concentración que nunca le había visto para los deberes.
—Sabes de manera sumamente clara que la única persona que tiene derecho a insultar en este edificio es la abuela —respondió con una indiferencia que me sacó de quicio—. Y no me preguntes lo obvio, Scarlett.
—No te pases de listo conmigo. ¿Quién te mandó a hacer esto? —indagué, cruzando los brazos.
—Ryo necesita sol y agua para vivir —declaró Tito, como si fuera un experto botánico.
—Esa... esa planta pestilente no es Ryo —mentí, las palabras sonando falsas incluso para mis oídos—. Así que me vas dejando eso ahorita mismo.
Tito colocó la regadera sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. Un claro desafío.
—Deja de tratarme como a un bebé —lanzó, y su mirada fue directa y acusatoria—. Vi al gato convertirse en una persona. Y oí todo lo que hablaron.
Tragué en seco. Esto se estaba saliendo de control. Mucho.
—Lo que hiciste no estuvo bien —dije, agarrándolo por la muñeca con más fuerza de la que pretendía—. Cuidado con andar de boquita suelta con tus amistades.