Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
Unamadre haría cualquier cosa por su hija. Y ella lo hizo
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El aroma a pino negro y tierra húmeda me invadió al abrir los ojos. Mis dedos se cerraron sobre arena fina y fría. ¿Dónde...? Me incorporé, desconcertada. No estaba en mi habitación, ni en ningún lugar que reconociera. Estaba en medio de un jardín que parecía sacado de un sueño antiguo. La arena estaba dispuesta en patrones hipnóticos, salpicada de grava y rocas que se alzaban como montañas en miniatura. A mi alrededor, el bambú susurraba con el viento, y helechos y musgos alfombraban el suelo con un verde intenso y húmedo.
Caminé sin rumbo, mis pies descalzos sobre un sendero de piedras que brillaban con una luz interior, como diamantes pulidos por la luna. Crucé un puente arqueado de madera oscura. Debajo, el agua corría tranquila, pero sus reflejos no eran normales: eran un caleidoscopio viviente de cientos de colores y tonalidades que se retorcían como seda líquida. Miré hacia arriba, buscando la luna o el sol, y me faltó el aire. Un millar de estrellas titilaba en un cielo de terciopelo negro, pero no eran las constelaciones que conocía. Eran extrañas, cercanas, como si pudiera alcanzarlas con la mano.
Un movimiento entre los árboles me sobresaltó. Un gallo de plumaje blanco inmaculado avanzaba con gracia, pero su cola... su cola era imposiblemente larga, arrastrándose como un tren de vestido de novia hecho de plumas de seda. Era un Onagadori. El nombre surgió de mi memoria como una burbuja, un recuerdo que no sabía que tenía. El ave se adentró en un bosque donde los árboles no tenían hojas, sino racimos colgantes de flores de glicina que formaban un dosel de púrpura, blanco y azul, como nubes coloridas flotando justo sobre el suelo. Cientos de mariposas blancas, tan pálidas que parecían espíritus, revoloteaban alrededor mío, rozando mi piel con un tacto de terciopelo.
Entonces el viento trajo consigo una melodía. No era una canción con notas, sino un susurro musical, una voz que cantaba sin palabras. Sin pensarlo, seguí el sonido. Me guió hasta una enorme terraza de marfil que parecía flotar en el borde del mundo. Y allí estaba ella.
Una mujer con un cabello más negro que la noche misma, vestida con capas y capas de sedas finas de colores, un jūnihitoe, otro nombre que surgió de la nada. Aplaudía suavemente, sus palmas dirigidas hacia el cielo estrellado. Y allí, moviéndose al compás de sus manos como marionetas celestiales, brillaban cuatro soles. No uno. Cuatro. Bailaban entre las estrellas, girando y entrelazándose en una coreografía silenciosa y aterradora.
—Dime, Scarlett —dijo la mujer sin volverse, su voz era como la melodía del viento, suave pero llena de una autoridad incontestable—. ¿Alguna vez has escuchado que cuando la diosa de la luz desaparece, las fuerzas malignas tienen vía libre? —Finalmente se giró. Su sonrisa no era cálida; era de orgullo, de poder, de una certeza absoluta.
Un trueno que no hizo ruido, solo luz, iluminó la terraza, haciéndola brillar.
—¿Sabe quién soy? —logré articular, más por instinto que por valentía.