Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
A veces, para avanzar, hay que enterrar partes de quien fuiste.
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POV RYO
La ropa que Leticia me compró no me gustó nada. Me picaba todo el cuerpo. Los jeans me apretaban demasiado y la tela me resultaba áspera contra la piel. Lo único que pude soportar fue la camisa con esa pequeña carita sonriente amarilla en el centro. Pero más allá de la incomodidad física, lo que realmente me perturbaba era la actitud de Scarlett. Desde aquella conversación con su familia sobre la supuesta cita en la feria, se había vuelto distante, casi evasiva, y no entendía por qué.
La ausencia de Asumi también me pesaba. No tener noticias suyas me generaba una ansiedad constante. Después de contarle sobre esos fragmentos de memoria que vinieron a mí al leer el mensaje en el espejo y al ver a ese tipo en el supermercado, se puso tan nervioso... Me insistió en que me mantuviera oculto, pero ¿de quién? La pregunta resonaba en mi cabeza una y otra vez sin respuesta.
Me recogí el cabello con una cinta, intentando poner orden en mis ideas como lo hacía con mi melena. Los cambios de humor de Scarlett me tenían desconcertado. Tito me dijo que en «ciertos días ella enloquecía», pero cuando le pedí que me explicara, solo se limitó a decir que era por «la visita de la roja». No entendí nada, pero intuí que estaba relacionado con ese malestar que la aquejaba.
La vi tan cansada esta mañana... Abdomen hinchado, algunas espinillas en el rostro, quejándose de dolor de cabeza y sensibilidad en los senos. Se quedó en cama casi toda la mañana, y yo me aposté en el marco de la puerta, observándola dormir. Sentía un impulso irracional de protegerla, de quedarme a su lado, aunque fuera solo para vigilar su sueño. Hasta sus gases, que Tito juraba eran «letales», me parecían un precio insignificante con tal de estar cerca de ella.
Dejé que descansara y me dirigí a la cocina. Leticia me sugirió lavar los platos como terapia para despejar la mente, pero mientras lo hacía, no pude evitar sumergirme en el recuerdo de ese sueño que tuve hace unas noches. El primero que lograba recordar con claridad, pero también el más inquietante.
Mi cuerpo ardía. Gemía y movía la cabeza de un lado a otro, incapaz de soportar el dolor. La boca seca, la garganta rasposa. Entonces lo vi: un hombre que emanaba un poder abrumador, incluso dándome la espalda. Su porte era imponente, intimidante.
Corrí hacia él, pero mis pulmones ardían y mis piernas no respondían como quería. Unas puertas plateadas se abrieron de par en par. Le grité que se detuviera. Él se volvió ligeramente, esbozando una sonrisa siniestra antes de desvanecerse.
La escena cambió de repente. Un lago emergió de la nada, envuelto en una neblina espesa pero iluminado por una luz tenue que me permitió distinguir la silueta de una joven. Mi corazón dio un vuelco al verla, pero su imagen se desvaneció con la brisa.
De pronto, estaba en un campo de batalla. Empuñaba un arma que resplandecía con rayos de energía pura. Mi contrincante, diestro y letal, descargaba su espada con fuerza brutal. Su cuerpo era una masa incorpórea de sombras, con una máscara adornada con cuernos y colmillos terroríficos.