Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
Cuidado con lo que deseas... el veneno de la envidia es silencioso.
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«¡Pero qué demonios!» pensé, mirando con horror a Leticia y Héctor parados en el umbral de mi habitación.
—¿Qué hacen aquí? —les grité, sintiendo cómo la sangre me ardía en las mejillas.
Leticia y Héctor compartieron una de esas miradas de complicidad que tanto odio.
—Oh, ya pasó de moda el típico "no es lo que parece" —Héctor puso los ojos en blanco con exageración antes de alzar las cejas con una sonrisa burlona.
—Escuchamos ruidos desde la sala y nos preocupamos —comentó Leticia con una voz demasiado dulce para ser sincera.
—¡Eso no es cierto! Los conozco a los dos —les espeté, clavándoles una mirada furiosa.
Mi mente añadió algo más que no me atreví a decir en voz alta, pero Leticia soltó una carcajada como si me hubiera leído el pensamiento.
—Bueno, admito que abrí la puerta muy temprano y los vi durmiendo tan abrazaditos —confesó sin ningún remordimiento—. Y por "casualidad", Héctor también madrugó para visitarme.
Armé la escena mentalmente: los dos malditos voyeristas habían estado espiándonos. Me levanté de la cama hecha una fiera, sintiendo una mezcla de vergüenza e indignación que me quemaba por dentro. Me encerré en el baño, tratando de poner mis pensamientos en orden. Cuando salí, mi "público" seguía allí, así que los expulsé de mi habitación como si fuera la reina de Inglaterra.
Al agacharme para recoger una camisa del suelo, un grito ahogado se me escapó cuando Ryo se levantó para seguir a los demás y sus pantalones se le bajaron hasta las rodillas. Por el rabillo del ojo vi una ráfaga de flashes —cortesía del maldito celular de Héctor— capturando uno de los momentos más bochornosos de mi vida.
No le dirigí la palabra a Héctor en toda la mañana en la universidad. Mi "amigo" se dedicó a enviarme las fotos que nos había tomado, incluso les hizo retoques dignos de una revista para adultos y les añadió diálogos picantes. Ya no pude soportarlo más y en el pasillo le estampé la mochila en la cara, pero nada funcionó. A Héctor le encantaba molestarme.
Al terminar las clases, volvimos a pelear en los pasillos, aunque luego Héctor me invitó a refrescos sin poder contener la risa. En la cafetería, una mirada rápida nos confirmó que llegamos tarde —las sillas ya estaban colocadas boca abajo sobre las mesas.
Divisé a la chica de pelo anaranjado hablando con otra joven. No lograba ver quién era la otra pues me daba la espalda, pero había algo en su postura, en su presencia, que me abrumó. Por sus ademanes, era evidente que estaba regañando a la pelirroja, quien soltó un gruñido suave cargado de tristeza. Cuando la mujer de cabello oscuro se fue, nos acercamos a saludar a la muchacha.