Capítulo 13: Un recital lleno de escorpiones

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De las cenizas de un viejo sueño, surgió algo... alguien inesperado.

Me sorprendió cuando Ryo me informó que había iniciado una amistad con Valeria, que lo auxilió cuando rompió la tubería

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Me sorprendió cuando Ryo me informó que había iniciado una amistad con Valeria, que lo auxilió cuando rompió la tubería. Era la segunda vez que caminaban por el parque y, en honor a la verdad, su explicación no pudo impedir que me sintiera molesta y como una tonta. Una vez esclarecido todo el asunto, me despedí de Máximo y me dirigí a mi hogar.

Ni siquiera me cambié la ropa y me tiré en la cama como una roca. Y, por primera vez, no sentí temor acerca de lo que experimenté en la casa abandonada ni monstruos que trataban de asesinarme. No soñé nada, fue como si mi cuerpo y mi mente se hubieran unido para desconectarse por completo. Abrí los ojos con pereza cuando el amanecer inundó a raudales mi habitación, me estiré como si fuera una gata. Después los cerré y abracé la almohada como si fuera un salvavidas.

—Oye, que dijo abuela que te levantes —me anunció Tito.

Me di la vuelta en la cama y fruncí el ceño al observar en el reloj de mi mesita la hora que era.

—Es muy temprano —chillé.

A mi pequeño hermano se le escapó una risita.

—No te será de ayuda, llorar, lo intenté y, a pesar de todo, me hizo alistarme para ir al colegio a puros pescozones —me advirtió Tito.

Abrí un ojo y le arrojé la almohada, pero la esquivó con facilidad. Salió de mi habitación no sin antes sacarme la lengua. Después de meditarlo por unos minutos supe que debía levantarme, me aparté las sábanas en medio de una pataleta. Arrastrando los pies me interné en el baño por un largo rato, sentada en el retrete jugando Candy Crush. Cuando me cansé me aseé como de costumbre.

Antes de empezar mi trabajo de esclava, preparé mi desayuno y fui al negocio de mi abuela, donde había una máquina de gaseosas. La vi de lejos regateando el precio con un comprador. Me reí y negué con la cabeza mientras tomaba la lata, ya que vi al hombre secarse el sudor de la frente ante el coraje de casi regalarle su televisión a Leticia, quien no dejaba de buscarle defectos imaginarios. Y, cuando iba a subir las escaleras, me quedé atónita al ver al borracho Pichongo hablando con Ryo desde su confinamiento.

Ambos estaban en una esquina, cerca de la puerta donde Leticia guardaba los electrodomésticos de más valor. Desde la puerta era poco probable que las personas dedujeran la forma de la planta, pero ¿Qué pasaría si alguien si lo hiciera?

Tragué en seco. A simple vista las personas que estaban allí veían a un borracho hablando con una planta y le quitarían importancia al achacárselo al alcohol, pero ¿qué sucedería si alguien más lo escuchara? Decidí llevarme a Ryo.

—Y, ¿entonces qué sucedió después? —preguntó Pichongo entre hipidos.

—Salgari dijo: "Todo se acaba. Hasta lo que más duele" —le respondió Ryo.

Mi chico DōpuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora