Una chica que odia las drogas. Una planta de marihuana que habla. Y un dios japonés imposible de ignorar.
Scarlett juró nunca tocar nada que alterara su mente... hasta que esa planta se convirtió en su única conexión con un dios atrapado en el tiemp...
Liberamos algo que no debíamos. Las consecuencias... son nuestras.
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Resurgí del mundo de los sueños y me incorporé con tanta violencia que casi me caí de la cama. Mi corazón latía como un tambor en plena ejecución. Exhalé un suspiro lleno de agotamiento y me giré para quedar boca abajo, tratando de darle sentido a mis pensamientos. Vacilé un momento antes de sentarme en la cama; sentí tanta rabia que deseé destrozar algo. Mi mente aún conservaba las imágenes de esas criaturas y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. La terrible sensación que viví en aquel sueño no la olvidaría jamás:
Corrí por un laberinto de pasillos oscuros, poblado de seres extraños que infligían horribles torturas a otros, cuyos gritos de agonía resonaban en cada rincón. Sabía que me encontraba en ese espantoso lugar por una razón específica: había un nombre que no podía olvidar, un nombre que resonaba en cada uno de mis huesos y me impulsaba a recorrer ese sitio aterrador. En medio de esa abrumadora sensación, todo lo demás perdía importancia.
Finalmente, llegué a un río amarillento que parecía más un pantano insalubre y desolado, con orillas fangosas y cubiertas de cañaverales. Allí, un misterioso barquero transportaba a seres que estaban en una lista. A su paso, un escritor habilidoso pintaba con rapidez la vida de las personas que subían a bordo, marcando la fecha, hora y momento de su muerte. Al pasar junto a él, el escritor me miró por un instante sobre sus pestañas, pero no pronunció palabra alguna. Me monté en la barca junto a los demás y fuimos conducidos hacia un palacio cubierto por una densa niebla. Desde afuera, el lugar era tan oscuro que no podía visualizar lo que había en su interior.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó un ser de dudoso sexo a quien llamaban Enma.
—Estoy en busca de alguien —le respondí.
Enma me sonrió con agrado y expresó:
—En mi palacio solo dejo entrar a seres que hayan demostrado grandeza, amabilidad, honor, generosidad o demás buenas acciones a lo largo de sus vidas. Tal vez, a quien buscas se encuentra aquí.
Forcé una sonrisa y miré hacia abajo, consciente de que estaba buscando a alguien, pero había olvidado su nombre. Fue entonces cuando una pequeña pelota saltó de entre unas rocas, seguida de una niña que lloraba detrás de ella. Reconociendo el peligro que se avecinaba, corrí para tomar la pelota y entregársela antes de que cayera en el estanque amarillento. La bola se detuvo justo en el borde, pero en el momento en que la agarré, algo me empujó.
Las aguas del gigantesco lago me envolvieron, impidiéndome respirar. Comencé a perder el conocimiento, pero de repente, una luz brillante y poderosa se abrió paso entre la oscuridad y me rescató. Al llegar a la orilla, me puse en cuatro patas y expulsé líquido y barro de mi cuerpo. Luego, me tumbé bocarriba, intentando recuperarme del incidente.
De repente, del lago emergió una especie de rana del tamaño de un niño, con una extraña combinación de cara de tortuga y piel reptiliana escamosa. Su cabeza tenía una especie de calva llena de agua y rodeada de pelo. Otros seres similares surgieron del lago y sentí un profundo pánico a medida que se acercaban.