Capítulo 3: Susurros de un Pasado Olvidado

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Mis sueños empezaron a contarme una historia. ¿Será la mía?

Amanecí con la mente hecha un desastre

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Amanecí con la mente hecha un desastre. Apenas había dormido. La imagen del señor Tanaka desplomándose seguía persiguiéndome como una sombra, mezclada con los rayos, el gato parlante y... esa maldita planta que no dejaba de moverse. Me quedé sentada en la cama, abrazando mis rodillas, preguntándome qué clase de vida llevaba para estar metida en semejante locura.

Mis ojos se clavaron en la planta sobre la mesita de noche. Su tronco, envuelto en esa seda extraña, parecía observarme. Tragué saliva. ¿Y si todo tenía que ver con mafias, sectas o algo todavía peor? ¿Qué pasaría si me buscaban a mí por haber estado allí? Cerré los ojos con fuerza, imaginando la cara de mi psicóloga si le contaba que un gato me había reclutado y que mi mejor amigo, Héctor, también estaba metido. Probablemente me enviaría de por vida al manicomio.

No podía permitirme eso. No quería morir ni terminar involucrada en algo que no comprendía. La lógica gritaba que debía apartarme de todo. Así que respiré hondo, agarré la planta y la dejé caer dentro del zafacón de mi habitación. El golpe hueco me dio un poco de alivio, aunque sabía que era una resolución frágil, casi infantil. Aun así, me repetí que no me iba a inmiscuir. Punto.

Me puse la mochila al hombro y salí rumbo a la universidad, convencida de que lo mejor era refugiarme en lo conocido: mis clases, mis rutinas, mi vida. Al menos allá nunca me habían intentado matar.

Héctor decía que yo era una masoquista académica, y tal vez no estaba tan equivocado. Ahí estaba yo, en el campus, rodeada de apuntes y con ese olor a café barato que impregnaba el aire, preguntándome por qué habían incluido la asignatura de Estadística en mi carrera de Botánica.

—Scarlett, hay gente que quiere ser influencer, otros sueñan con salvar ballenas... y luego estás tú —dijo Héctor, dejando caer su mochila en la mesa.

Rodé los ojos.

—Es una carrera con futuro.

—¿Futuro de qué? —refunfuñó, recostando la cabeza sobre sus brazos.

No respondí. En realidad, ni yo lo tenía claro.

—Si hubieras estudiado Psicología, al menos podrías ahorrarte el dinerito que les das a Patria —añadió con su sonrisa de siempre.

Lo fulminé con la mirada, aunque me arrancó una sonrisa. Así era Héctor: mi cable a tierra, incluso cuando quería asesinarlo. Sacudí la cabeza, justo cuando escuché risas a lo lejos. El universo se divertía conmigo.

—Te estás derritiendo, Scarlett —canturreó Héctor al notar cómo me quedaba helada.

—Cállate —susurré, sintiendo el corazón salirse de mi pecho.

Intenté fingir normalidad, pero Héctor, maldito traidor, levantó la voz:

—¡No me digas que todavía sueñas con Máximo!

El aire se me congeló en los pulmones. Y, como si fuera un chiste cruel, justo en ese instante Máximo giró la cabeza. Yo ya había abierto la boca para responder... y lo escuchó TODO.

Me quería morir.

Héctor se ahogaba de la risa, mientras yo rogaba que el suelo me tragara. Pero Máximo, en lugar de burlarse, sonrió apenas, como si aquello lo hubiera halagado. ¿Era posible? ¿O lo estaba inventando para sobrevivir a la vergüenza?

Miré hacia la izquierda, tratando de juntar valor. Me reproché por estar actuando como una idiota y me obligué a respirar hondo, aunque sentía que el aire no era suficiente. Estaba a punto de decirle a Máximo que ignorara lo que había dicho Héctor cuando algo caliente y viscoso me cayó en la frente.

Héctor soltó una carcajada tan fuerte que casi se atraganta, y Máximo me miró con cara de sorpresa. Tardé un segundo en darme cuenta: una paloma acababa de cagarme encima. ¡Delante de mí crush!

El resto fue un infierno. Perdí media clase encerrada en el baño, intentando sacarme aquella asquerosidad como si mi vida dependiera de ello. Cuando por fin regresé al aula, con la cara ardiéndome de vergüenza, el profesor me lanzó una reprimenda por llegar tarde.

Lo único bueno fue que pude sentarme al lado de Máximo. Intenté parecer normal, pero estaba sudando la gota gorda al percatarme de que, por momentos, mi crush me estaba mirando de reojo. ¿Será que le intrigaba la cicatriz que tanto trabajo me da ocultar? ¿O será el color de mis ojos o de mi cabello? No lo sé. Al terminar la clase, intercambiamos números de teléfono porque nos asignaron trabajar juntos en los ejercicios adicionales de la próxima semana.

Como siempre, esperé a Héctor para volver a casa. Mientras lo hacía, me quedé observando las ramas de los árboles, que se entrelazaban formando una cúpula que filtraba la luz del atardecer. Claro que la tranquilidad me duró poco: en cuanto salimos, Héctor no dejó de burlarse de mí por la "bendición palomil".

Le lancé varias amenazas, pero cambié de tema cuando me preguntó si podía dormir en mi casa. Obvio que le dije que no.

Al llegar, encontré a Tito en la puerta. Se le iluminó la cara al verme, lo cual ya era raro de por sí.

—Ya era hora de que volvieras —me soltó divertido—. Abuela dijo que te matará cuando te vea.

—¿Y ahora qué hice? —pregunté, tratando de sonar despreocupada, aunque por dentro sentí un cosquilleo de alarma.

—Porque encontró a un chico desnudo en tu cama —respondió con una chispa traviesa en los ojos.

Héctor y yo nos miramos al mismo tiempo y exclamamos:

—¡La planta!

—¡La planta!

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Mi chico DōpuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora