Capítulo XVII

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Ethan

Dentro del auto, el aire se sentía denso. Sophia iba sentada a mi lado, el cinturón apresando su pecho y pequeñas gotas caían de su cabello mojado. Me extendí sobre el asiento y abrí la pequeña cajuela para sacar un paño seco.

—Ten —le ofrecí, extendiendo el paño naranja.

En ningún momento hizo contacto visual conmigo. —Gracias —exclamó en voz baja y tomó el trozo de tela.

Tragué saliva. —Será mejor que te lleve a tu casa —hablaba con frases cortas, sintiéndome un idiota.

Sophia simplemente asintió antes de darme su dirección. Encendí el motor y me adentré en la calle casi desierta. Dudaba si debía encender o no la radio. De repente mi cuerpo no sabía como moverse. Mantuve las manos firmes en al volante y la vista fija en el tráfico.

—Se supone que la verdad debería ser liberadora —exclamó mirando por la ventanilla. Su rostro triste se reflejaba en el cristal.

—Lo siento —Fue lo único que pude decir.

Negó con la cabeza. —No creo que debas disculparte por hacer lo correcto.

Aunque intentaba disimularlo, había dolor en el tono de su voz. —Si debo hacerlo. Te lastimé, Soph.

—Estaré bien —dijo, aunque no sonaba convencida.

—Sé que lo estarás —le respondí tragando el nudo en la garganta.

Iba a estar bien, sin mí. Y aunque intentaba acallar el dolor de saberlo, era una espina que no dejaba de molestar.

Permanecimos en silencio el resto del viaje, hasta que estacioné dentro de su edificio. Entonces, la incomodidad pareció cobrar vida. Sophia jugó con sus dedos, meditando algo en su cabeza mientras yo me debatía entre mis ganas de decir algo para retrasar mi partida.

—¿Quieres subir? —finalmente habló. Tomé un suspiro.

Mi corazón estaba siendo arrastrado hacia ella jodidamente mal y no podía pensar en nada más que quisiera hacer  en ese momento que subir con ella. Aunque también sabía que hacerlo no nos haría ningún bien a ninguno de los dos.

No había manera de que algo pudiese funcionar entre nosotros estando Isabelle en el medio. Además, ella se merecía más de lo que yo podía ofrecerle ahora.

Pareció leer mis pensamientos porque se apresuró a hablar. —Creo que me expresé mal. Solo creo que necesitamos chalar tranquilos. Nada más —Cuando terminó sus mejillas estaban encendidas y no pude hacer otra cosa más que sentirme un imbécil.

Claro que no había intenciones ocultas en su invitación. Ella solo necesitaba respuestas, maldita sea. Asentí y ambos caminamos en silencio hasta el ascensor.

Dentro del pequeño cubículo, todo lo que estaba pasando se sentía como un jodido déjà vu. Como si todo este tiempo hubiésemos estado caminando en círculos hasta llegar al mismo lugar. Mientras observábamos como los números de los pisos cambiaban, supe que ella pensaba lo mismo. Nuestras miradas se cruzaron y ambos sonreímos.

Fue una sonrisa genuina y cómplice, y por un momento, el mundo pareció alinearse con el resto de los planetas y una pequeña luz de esperanza se encendió dentro de mí.

Cuando ingresamos a su departamento, ya nos sentíamos más relajados. —Iré a cambiarme, ¿está bien?

Tragué saliva, obligando a mi mente a borrar ciertas imágenes que resplandecieron en mi memoria y asentí. En su ausencia, aproveché para explorar el lugar.

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