Capítulo VIII

48 4 0
                                        

Ethan

Me había despertado hacía más de una hora, pero Isabelle seguía durmiendo tranquilamente, así que no me podía mover. Ella necesitaba dormir y su cuerpo necesitaba todo el descanso que pudiese.

Había pasado toda la mañana acompañándola mientras alternaba entre la cama y el baño. En el almuerzo, el vómito se había calmado y pudimos almorzar en el club de campo junto con mi padre y su prometida. Fruncí los labios. Tanto como el compromiso de Anna y Nicholas me alegraba, el de mi padre me provocaba un incómodo malestar en el estómago, sin embargo necesitaba permanecer calmado.

Metí un mechón de cabello detrás de su oreja, luego pasé una mano por su hombro y tracé algunos círculos con mi pulgar. Sus ojos aún estaban cerrados y se acurrucada en posición fetal. Se veía tan frágil en este instante. Solté un suspiro pesado. Me gustaría poder construir a su alrededor una capa protectora y protegerla de esta enfermedad horrible que el mundo le había lanzado.

Miré hacia la mesita de noche cuando la pantalla de mi celular se iluminó. Intentando que mis movimientos fuesen lo más suaves posible, me incliné hacia adelante y extendí mi mano en busca del teléfono.

Era un mensaje de Nicholas.

«No es que no has hecho suficiente, pero ¿por favor podrías hablar con Anna? Esta enloqueciendo y juro que me hará perder la cabeza en cualquier momento».

Me reí y me levanté de la cama con cuidado. La fiesta de compromiso de Anna y Nicholas era esta noche.

Ser consciente de eso me provocó un escalofrío en todo el cuerpo. Eso significaba que la volvería a ver.

Mantenerme distanciado de ella estaba resultando más duro de lo que me había imaginado. Cada vez que venía a Houston, tenía casi decidido conducir hasta su casa y Dios sabía lo mucho que yo necesitaba saber como estaba, escuchar su voz y ver cómo le estaba yendo.

Sin mencionar que, durante estos últimos días, Anna no dejaba de mencionarla. Ella la estaba ayudando con los preparativos de la fiesta y su nombre salía a colación en todos nuestros almuerzos.

Casi me había roto y estuve a punto de volver a llamarla la mañana que me la crucé de camino a la empresa, pero me contuve. Ambos debíamos entender que lo nuestro no podía funcionar. Es decir, ¿Qué podíamos esperar? ¿A qué Isabelle finalmente cediera ante el cáncer para poder estar juntos? Dios, el solo hecho de imaginármelo me hacía sentir enfermo.

Sin lugar a dudas sabía que debía hablar con ella. Sophia necesitaba una explicación y yo necesitaba dejar de sentirme como un maldito bastardo sin sentimientos cada vez que ella posara sus ojos acusadores sobre mí. Debía ser sencillo. Debía poder llamarla y decirle lo que estaba ocurriendo, pero una parte de mí me lo impedía.

Era la parte retorcida y perversa dentro de mí. Esa parte que me decía que si Sophia entendía que yo no había tenido elección, que no había encontrado otra opción más justa que hacer lo correcto con Isabelle, ella me entendería y me perdonaría y entonces, esa chispa de esperanza.... esa maldita chispa que quemaba lentamente el interior más oscuro de mi alma, se encendería con más fervor y mi mente comenzaría a pensar en todos los posibles "tal vez" que una mente siniestra como la mía pudiese imaginar.

No podía arriesgarme a que eso pasara. ¿Cómo podría cuidar de Isabelle con el corazón dividido? Me había costado mucho volver a juntarlo y de a poco podría jurar que lo estaba logrando.

Caminé hasta la cocina y encendí la cafetera. El aroma a café recién preparado de la mañana olía a bálsamo. Me serví una taza e inhalé profundo. Sin poder evitarlo, mi mente viajó de nuevo a Sophia y al recuerdo de ella inhalando el dulce aroma a café, a la expresión casi extasiada en su rostro cuando la cafeína ingresaba a sus fosas nasales y a sus labios carnosos cuando por fin llevaba la taza a su boca. Sacudí la cabeza.

Regresa ConmigoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora