Capítulo XIII

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Ethan

Sophia seguía sin contestar mis llamadas, maldita sea. Quería creer que eso era lo mejor, pero la expresión de su cara la noche anterior había sido muy dolorosa y no me había dejado descansar bien.  Tenía que ponerle un punto final a todo esto. Tenía que explicarme, porque si no lo hacía ella jamás me perdonaría y si no lograba obtener su perdón, entonces, nunca lograría estar en paz.

Necesitaba retomar el control de mi vida. Ya había elegido un camino para mí, o más bien, el destino me lo había impuesto, pero estaba de acuerdo con ello. Isabelle era una buena chica. Yo mismo la había elegido para mí una vez, ahora debía elegirla una vez más. Eso era lo correcto.

Tal vez, no era lo que me hacía más feliz, pero podría vivir con ello porque estaba seguro de que la decisión que había tomado era lo que haría feliz a Isabelle, y ella se lo merecía. Por Dios que sí.

Pero para poder hacer feliz a Isabelle, debía estar íntegro... y no había forma de estarlo sin estar seguro de que Sophia estaría bien. Sabía que lo estaría... tenía que estarlo. Con el tiempo, ella me olvidaría y volvería a ser feliz, pero el rencor estaría allí.

La había lastimado. No podía cambiar eso, pero podría explicarle los motivos. 

Entonces, ella entendería. Ella sabría que nunca le había mentido respecto a mis sentimientos, sabría que la quise realmente, pero que el destino había elegido otra cosa para mí.

Entonces, ella me perdonaría y yo estaría en paz.  Sonaba verdaderamente egoísta de mi parte, pero era la verdad.

Isabelle había amanecido un poco cansada, así que prefirió quedarse en el departamento a recuperar energía. Por mi parte, se suponía que daría una vuelta por la empresa y luego visitaría a mi padre, pero cambié de idea a mitad de camino.

Cuando el semáforo dio luz roja, tomé el celular y llamé a mi hermana.

—Espero que tengas un buen motivo para llamarme a esta hora de la mañana —Su voz sonaba adormecida —¡Espera! ¿Ocurrió algo con Isabelle? —Esta vez, pareció más preocupada.

Anna y Nicholas eran los únicos que sabían de la condición de Isabelle, aparte de sus padres.  Estaba decidida a afrontar su enfermedad sola.

«No soportaría ver las miradas de lástima de los más», me había.

Cuando le aseguré que nadie sentiría lástima, su actitud fue aún más hermética. «Se preocuparán», había respondido.

«¡Porque te quieren! No puedes ocultar algo así», había sido mi respuesta.

«¡Algo asi como qué! ¿Cómo que me estoy muriendo?», su mirada estaba quebrada.

«¡Escúchame bien —le dije, tomando su frágil rostro cubierto de lágrimas entre mis manos—, ¡no te vas a morir!»

Ella me había hecho prometer que no se lo diría a nadie, a absolutamente nadie, pero tuve que romper ese juramento con mi hermana. Dejé a Isabelle en el departamento y la llamé.

Esta vez, cooperó conmigo.

Ella también sabía que ambos necesitábamos aclarar las cosas. Había cosas que ya no se podían prolongar por más tiempo.

Cuando me acerqué a la acera de ladrillo de la pista, mi mirada se deslizó inmediatamente a Sophia. Tenía un apretado y determinado ceño fruncido en su rostro mientras golpeaba cada pelota que Nelthon le enviaba.

También parecía salida de un maldito sueño erótico con esa falda.

Eso era lo más frustrante de la situación. Ni bien Sophia entraba en mi campo visual, todo lo demás parecía perder importancia. Todo, incluso Isabelle. ¡Maldita sea! El sonido de la raqueta golpeando la pelota me sacó del trance en el que estaba inmerso.

—Eso es, chica —gritó Nelthon felicitándola. No me gustaba su tono de voz. Parecía muy feliz por ella. Demasiado... interesado.

—Vamos a subir la dificultad. ¿Está bien? —preguntó.

—Adelante —Se detuvo cuando sus ojos me encontraron. Pude ver la serie de emociones en ellos antes de que los cerrara y volviera sus ojos de nuevo hacia Nelthon—. Dame un minuto.

Nelthon se había dado vuelta y miraba en mi dirección. Podía sentir su mirada en mí, pero yo no apartaba mis ojos de ella en caso de que se saliese huyendo.

Sus hombros se levantaron y cayeron mientras tomaba una respiración profunda, luego comenzó a caminar hacia mí. Había un brillo determinado en sus ojos, pero no logró disuadirme. En todo caso, quería agarrarla y besarla hasta que ambos hubiésemos olvidado los últimos meses.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, manteniendo un buen metro de distancia entre nosotros.

—Tenemos que hablar. Hay mucho que tengo que explicar —dije.

Sophia arqueó una ceja. —No soy ciega ni tonta. No hay necesidad de explicar nada. Entiendo completamente.

Maldita sea. —Sophia, de verdad necesito decirte algo importante. No hablas conmigo. Llamé un millón de veces y nunca contestaste. ¿Cómo puedo explicarte si no me dejas?

Enderezó los hombros mientras una lenta y furiosa rabia iluminaba sus grandes y desgarradores ojos. No se veía prometedor. —No soy una idiota. No seas condescendiente conmigo para sentirte mejor. Soy una chica grande, y gracias a ti no soy tan ingenua como antes. He aprendido algunas duras lecciones. —Tragó saliva y negó—. No. No tenemos nada de que hablar, Ethan. El tiempo de hablar ha terminado. Por favor, vete con tu novia. Disfruta todo lo que quieras. No soy tu preocupación. En realidad, nunca lo fui, ni jamás lo seré. —Se dio vuelta y empezó a caminar de regreso a la cancha.

Esta no era la manera en que había imaginado esto. Extendí la mano y agarré su brazo para detenerla. Tenía que decir algo. Tenía que conseguir que ella me escuchara.

—Sophia, por favor —le rogué.

Se detuvo, pero no trató de tirar de su brazo de mi alcance. Se quedó allí, muy tranquila. Las mujeres que conocía no hacían frente a sus emociones así. Gritaban, chillaban y lanzaban mierda. La chica que tenía en frente estaba carente de emociones, y eso dolió más que cualquier insulto que pudiese haberme dicho.

—Suéltame, por favor —dijo despacio.

Estaba a punto de volver a hablar, pero Nelthon me interrumpió.

—Si eso es todo, Sr. Jameson, tenemos que continuar con nuestra sesión —dijo en tono serio.

No quería hacer esto aquí, de todos modos. No con una audiencia. En lugar de contestarle, solo me alejé. No sabía qué otra cosa hacer. Si me quedaba, haría una escena y eso no sería bueno para ninguno. Siempre me había caracterizado por ser un chico frío. Alguien que calculaba cada movimiento, y este no era el momento de perder la cordura. Necesitaba reagruparme y planear qué hacer a continuación.

También necesitaba un consejo.

Marqué el número de Nicholas antes de salir del camino de la entrada del club.

—Sí —dijo. El sonido de la risa de mi hermana apareció por la otra línea.

—Necesito hablar. ¿Puedes despegarte un rato de mi hermana? —le pregunté.

—Nos dirigíamos a almorzar, pero si es importante a ella no le importará si me voy durante una hora más o menos. —Por suerte, había notado la urgencia en mi voz.

—Realmente necesito hablar.

—Está bien. Nos vemos en un rato.

Colgué el teléfono y lo arrojé sobre el asiento del pasajero. Luego, me dirigí al bar de siempre.

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