Capítulo II

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Ethan

—Soph, soy yo. Nuevamente. Es el mensaje número veinte que te dejo. Sé que no estás más en la empresa, ¿dónde estás? ¿Al menos escuchas mis mensajes? Por favor, déjame ayudarte. Lo jodí. Lo entiendo. Solo llámame. O envíame un mensaje. Lo que sea. Necesitamos hablar. Simplemente... necesito explicarte. No puedo arreglar esto si no hablamos.

Bajé el celular y lo arrojé sobre el escritorio. 

 Maldito correo de voz, grité en mi mente.  Abrí mi correo electrónico y revisé la casilla. Aún nada.

Había intentado comunicarme con ella desde hacía dos semanas. Desde el momento en el que me enteré de que había dejado la empresa. Entonces, sin ser del todo consciente de mis actos, había ido hasta la casa de su abuela en Houston, pero nadie se encontraba allí. Anna me aseguró que ella no estaba en la ciudad, pero no me dio más información. Ella sabía dónde se encontraba, pero no me lo diría. 

La noche que me dijo que no me podía revelar en dónde estaba, discutimos. Incluso Nicholas debió interferir cuando la impotencia que sentía dentro me llevó a tomar el brazo de mi hermana con fuerza.

Me sentí un imbécil por mi comportamiento y me arrepentía, pero no supe como controlar la culpa cuando vi a otra chica sentada en su escritorio. Si no la hubiese buscado esa tarde a la salida de la empresa, ella quizás no se hubiese ido, pero no había podido detenerme. Había vuelto a poner mis sentimientos por encima de los suyos y lo había vuelto a arruinar. Parecía que lo único que hacía era lastimarla. 

Debía haberme conformado con saber que estaba bien... Mientras ellas estuviesen trabajando en la empresa, podría al menos asegurarme de ello, pero ahora me quitaba incluso esa posibilidad.

Anna la protegía, y yo estaba orgulloso de su lealtad. Sophia necesitaba una amiga fiel en esos momentos, pero no podía soportar la idea de no saber de ella... y de no poder explicarle por qué me había alejado de ella todo este tiempo.

Nicholas había comenzado a hablarme de nuevo esta semana. Estuvo muy enfadado conmigo por la forma en la que había tratado a mi hermana y sabía que Anna le había prohibido decirme algo al respecto. El muy idiota estaba dispuesto a perder un brazo antes de hacer enfadar a Anna, por lo que evitaba hablar conmigo.

No podía hablar con nadie.

Cada noche, incluso estando con Isabelle a mi lado, pensaba en ella y repasaba todas las cosas desconsideradas que le había hecho. Ella había sido condenadamente generosa mientras yo jugaba a ver de qué lado de la balanza me inclinaba.

 Me despertaba por la mañana e iba a la oficina desde muy temprano porque necesitaba mantener mi mente ocupada para no pensar. Una vez que salía de la empresa, alternaba mis tardes entre extensas rutinas de gimnasio o largas horas en las salas de espera de los consultorios médicos acompañando a Isabelle.

¿Era posible odiarte a ti mismo? Porque estaba seguro de que lo hacía. ¿Por qué no había intentado hablar con Sophia antes? ¿Por qué no le expliqué? Lo había arruinado. La había lastimado aún más con mi silencio.  Recordar su rostro lleno de dolor, me hacía imposible mirarme al espejo sin sentir odio hacia mí mismo. Ella me había entregado su corazón y simplemente no supe cómo actuar frente a la enfermedad de Isabelle. ¿Cómo había podido ser tan cobarde?

Era un cretino. Un cretino sin corazón, pero la quería más de lo que necesitaba respirar. Quería saber si se encontraba bien. Quería estar con ella para arrojarme a sus pies y rogarle que me perdonase por ser tan imbécil.

Quería tantas cosas que no podía tener.

Por supuesto que mi decisión no se había basado en sentimientos... sino en lealtad. 

Mi prioridad en este momento debía ser Isabelle. Ella me necesitaba y debía estar aquí para cuidarla y asegurarme de que estuviera saludable. Asegurarme de que el maldito cáncer no consumiera su delicado cuerpo. No confiaba en nadie más para mantenerla viva. ¡Mierda! La idea de Isabelle sufriendo desgarraba mi pecho tanto como la ausencia de Sophia me obligaba a inclinarme para respirar. 

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