Imagina estar en Nueva York, en vísperas de navidad... solo.
Adam odia la navidad.
Alissa ama todo lo que tenga que ver con navidad y fiestas.
Adam es serio y tranquilo.
Alissa es energética y feliz
Tan diferentes, pero tan iguales.
¿Serán una buena...
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La familia de Alissa y otros.
Media hora después de que despegamos, Alissa se quedó dormida sobre mi pecho. Me quedo unos minutos con la mirada perdida en el asiento de enfrente, pensando en lo afectada que parece la rubia y lo nerviosa que le pone ir a su ciudad natal.
—¿No te da miedo conocer a tus suegros de una forma tan inesperada? —Dave llena su boca de la comida que dan en el avión.
—Si te soy sincero, no había pensado en eso—suspiro—. Me preocupa más Ali.
—Sí —la mira, está toda apretada en el asiento, mi brazo reposa en sus hombros para envolverla con seguridad—. Se ve muy nerviosa, ¿Crees que su abuelo...? —hace una seña con su mano y deja caer la cabeza de lado simulando la muerte.
—Ojalá que no, pero tampoco sabemos mucho —bajo la mirada hacia mis piernas.
—Pero tranquilo, tus suegros seguro te amarán, y si no, yo te ayudo a que les caigas bien.
—Eso no sería ayuda, me perjudicarás más.
Dave rodó los ojos, conectó los audífonos al celular y cerró los ojos dispuesto a dormir lo que quedaba de camino. Yo no pude hacer nada parecido, estaba algo tenso y no lograba conciliar el sueño.
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Gracias al destino, el vuelo no fue largo ni incómodo, bueno, todo mi brazo sufrió un poco las consecuencias de tener a Ali aferrada a él, pero es un sacrificio que estoy dispuesto a enfrentar.
—Estaremos aquí, a lo mucho, cuatro días, ¿Qué se supone que traes en tu maleta? —cargo la maleta de la rubia, ella camina a mi lado y Dave está a su lado izquierdo.
—Lo siento, traigo cosas muy innecesarias pero que por alguna razón mi cerebro me convenció de que las ocuparé —ríe nerviosa—, es una costumbre de la que no logro deshacerme aún.
—No le digas nada, amargado. No todos podemos ser prácticos como tú, que solo trae una maleta y que no requirió pasar por documentación.
—Tu maleta también trae piedras.
Caminamos hacia la salida y en el amplio estacionamiento del aeropuerto, Alissa nos encaminó a una camioneta color blanca, se parecía a la mía, pero un poco más pequeña y compacta. Fuera de ella, estaba un señor algo mayor de edad, su cabello negro estaba un poco pintado por las canas, sus ojos son cafés y su complexión es robusta, desprendía aires de amabilidad.
—Buenas tardes, señorita Alissa —mira hacia Dave y hacia mí—. Buenas tardes, muchachos.
—Richard, ellos son Adam, mi novio y Dave, mi mejor amigo —sonríe.
El tal Richard agranda los ojos con asombro al escuchar las palabras de la rubia, se recompone, nos da una sonrisa y se dirige a abrir el maletero para introducir nuestras pertenencias, después le abre la puerta a Alissa y pasamos nosotros detrás de ella.