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Con el pasar de las horas, el incidente con Jimmy y el profesor Mercury no hizo más que estresarlo. Le preocupa tener que verse envuelto en esa situación, dar a conocer su sexualidad y no conseguir más que burlas insolentes por parte de su hijo. Eso sumado a que las cosas entre los dos se harán aún más tensas y difícilmente llegaran a esa confianza entre padre e hijo que Brian tanto anhela. 

Pero al final del día, todas esas preocupaciones que lo perturban se esfuman para dar paso al entusiasmo de volver al salón y bailar con la mujer de cabellos dorados. Hoy es uno de esos días donde puede entretenerse y despejar su mente. El entusiasmo lo llena de impaciencia cuando estaciona frente al salón, sus latidos comienzan a alterarse. 

Entra confiado, atrayendo las miradas de la gente ya que se les hace habitual verlo frecuentar el lugar. Su sola presencia significa que dará un espectáculo maravilloso, y naturalmente, todos lo esperan ansiosos. May elige la mesa de siempre, y desde su asiento busca visualmente a su compañera de baile.

Su sonrisa se desvanece cuando la localiza en una esquina, apartada de la multitud, en los brazos de otro hombre. Brian se percata de que sus palpitaciones se ralentizan y la tristeza lo toma por sorpresa como si fuese un golpe directo al estomago, una desagradable sorpresa que lo desanima por completo. El extraño la sujeta con fuerza, aferrándola a su cuerpo, susurrándole al oído y dándole besos en el cuello. May no puede dejar de mirar, se siente engañado y a la vez se culpa a si mismo por haberse ilusionado con una mujer con la que no tiene nada. 

Por otro lado, la escena no es tan romántica como parece, para Roger es un acto repulsivo. El tipo le murmura cosas obscenas que no hacen más que asquearlo, ignora la incomodidad de Taylor, le recorre todo el cuerpo con las manos sin saber que está tocando a un hombre. Roger se lo diría, le mostraría encantado lo que tiene entre las piernas, pero podría costarle su empleo, y no quiere eso, pero tampoco permitirá que lo traten de ese modo. 

—Quítate. —gruñe haciendo una mueca, tratando de apartar al extraño.

—No seas mala, sé que te gusta. —dice por lo bajo, dejando besos por su clavícula.

Roger se cansa de sus insinuaciones y lo aparta bruscamente. El hombre, enfurecido por su reacción, tira de su vestido consiguiendo rasgar las tiras del mismo. Roger queda perplejo, boquiabierto, casi apunto de tener un paro cardiaco por el miedo a ser descubierto y furioso porque el imbécil rompió un vestido precioso, ese vestido que Freddie se había esmerado tanto en hacer.

Brian ve todo a la distancia y se percata de que en realidad está presenciando un abuso. 

—¡No soy una prostituta, maldito pervertido!—grita Roger tapando parte de su pecho—. ¡Respétame, idiota!

El tipo estaba a punto de responder, sin embargo, alguien lo llama tocándole el hombro, y al voltear, recibe un golpe por parte de Brian que lo deja en el piso. 

La música se detiene inmediatamente, el lugar se queda en silencio ni bien se oye el cuerpo impactando con el suelo, la gente se acerca intrigada. Roger se paraliza, ve el cuerpo del sujeto sin moverse, atónito por lo ocurrido. 

—Hey, ¿Estás bien? —May lo saca de sus pensamientos. Está realmente preocupado y Taylor lo nota perfectamente. 

—Sí. —consigue decir luego de una pausa prolongada en la que ambos permanecieron viéndose a los ojos.

Brian no puede evitar sonreír. Roger se abruma con tanta gente curiosa al rededor, y sin previo aviso, agarra la mano del rizado, guiándolo por el lugar hasta que los dos quedan afuera, bajo las estrellas y con el frío de la noche.

—No sé que decirte... Gracias. —dice, con una sonrisa sincera que pone nervioso al contrario. 

Brian está muy feliz como para responder, deja que sus expresiones hablen por él. El rubio se abraza a si mismo y frota sus brazos desnudos para sentir un poco de calor, aunque está más preocupado por el vestido. 

—Ten. —Brian se quita su abrigo y se lo entrega a Taylor. Éste lo observa por un momento antes de agarrarlo, duda en si sería apropiado, pero termina cediendo porque el frío lo está congelando.

—Gracias de nuevo —dice, colocando la prenda en sus hombros—. Eres muy gentil. 

Sus mejillas se tiñen de rojo al instante, ríe con timidez y trata de ocultarlo. Roger percibe esta reacción de todas formas, lo encuentra encantador.

—¿Conocías a ese hombre? —interroga, aún preocupado.

—Lo vi un par de veces, siempre me ha incomodado —responde con disgusto—. Me invitó unos tragos, me negué y empezó a tratarme así. 

—Lamento que tengas que pasar por eso. 

—Nunca había pasado antes —aclara—. Pero ahora... No tengo ánimos para bailar, creo que mejor me voy. 

—¿Qué? —frunce el ceño, creyendo que no escuchó bien—. ¿Te irás ahora?

—Sí. No podría aparecer como si nada, ignorando que provoqué un escandalo. Además, ¡Ese infeliz rompió mi vestido! 

—Oh, entiendo —dice por lo bajo, apenado por no poder divertirse juntos como lo había planeado, aunque el solo hecho de conversar ya lo hace inmensamente afortunado.

—Vendré mañana. —informa, al sentir compasión por el contrario.

—Yo igual. —sus ojos muestran un brillo especial que no pasa desapercibido.

— Entonces, te veo mañana. —se despide dando media vuelta pero Brian lo detiene enseguida.

—Espera, puedo llevarte a casa, mi auto está por aquí.

— ¡No! —exclama alarmado, luego se percata de la exageración innecesaria en su reacción. Carraspea y se corrige—. Quiero decir, no es necesario, no vivo tan lejos, yo puedo ir sola. 

—¿Estás segura? Es muy tarde y... —piensa con tristeza en la posibilidad de que le ocurra algo parecido otra vez, estando sola y a oscuras—. No sé que haría si te pasara algo. 

Roger alza las cejas, sorprendido con lo último y ruborizándose levemente. Aunque, desde otro punto de vista, es deprimente que él se enamore de un personaje y no del verdadero Roger. No lo conoce, y si lo conociera, duda que siga enamorado.

—Ya hiciste mucho por mí, no te preocupes —le sonríe y se quita el abrigo para regresárselo.

—Está bien, quédatelo. 

—Vamos, es tuyo, no me lo llevaré. —insiste.

—Puedes devolvérmelo mañana, no quiero que pases frío. —Taylor suelta un quejido por su amabilidad y baja los brazos antes de que estos se acalambren. 

—Solo por esta vez, aceptaré —los dos permanecen mudos, mirándose a los ojos y cayendo en un trance mutuo. Taylor se atreve a acercarse a Brian para darle un beso en la mejilla y susurrarle al oído—. Gracias, guapo. 

Brian queda anonadado con aquello. Antes de que pueda contestar, la rubia se aleja con su característico caminar sin mirar atrás. 

midnight dance; brian may & roger taylorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora