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—Planeaba invitarlo a cenar —relata Brian a su amigo de pelo largo—, le dije que Lola y Roger podían acompañarnos. Pero ellos tenían otros compromisos, y no llegamos a nada.

John escucha a su amigo con atención mientras inhala el vapor de una olla con agua hirviente. Un remedio que se ha comentado de generación en generación y que sirve para desinflamar la nariz y regular la respiración. Afortunadamente, el malestar ha reducido considerablemente, Deacon supone que en dos días más podrá retomar su vida habitual.

—Eso hubiese sido demasiado incómodo para Jimmy —señala—. Creo que ya aprendió la lección.

—Tal vez, pero me sentí realmente mal cuando habló así de su profesor... Fue como si me insultara a mí. —murmura con la mirada perdida.

—Él no pensaría así de su padre —contesta, en un intento de consolarlo—.  Además le explicaste las cosas con mucha paciencia, lo entenderá.

—Ese es el problema, no me considera como su padre —aclara con desilusión—. Si le digo que soy gay, me despreciará aún más.

—No se lo cuentes ahora si no estás seguro, Bri.

—¿De que hablas? Estoy seguro de mi sexualidad. —John voltea, enarca una ceja y coloca una mano en su cadera. May simplemente no entiende el motivo de su reacción.

—¿Ya olvidaste a la rubia?—pregunta—. Hace unos días estabas babeando por ella.

Brian abre desmesuradamente los ojos y se pone de pie un salto.

—¡El baile! —exclama con preocupación —¡Lo olvidé por completo!

El menor no dice nada, se limita a observarlo mientras se coloca su chaqueta con prisa.

—Mierda, llegaré tarde —masculla por lo bajo. Toma a Deacy por los hombros y lo mira fijo—. Gracias, en serio te lo agradezco.

Luego se aleja con pasos apresurados.

—¡Nos vemos, Bri! —saluda desde la distancia, antes de que su amigo se vaya—. ¡Suerte!

May le dedica una sonrisa nerviosa y se marcha.

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Llega al salón hiperventilando, con las piernas cansadas y los nervios a flor de piel. Respira de manera entrecortada, observando el lugar desierto, las mesas vacías y la ausencia de clientes la cual ocasiona un silencio abrumador. Solamente están presentes los encargados de la limpieza haciendo su trabajo.

Pero Brian reconoce unas carcajadas amenas provenientes del escenario. Distingue a los músicos guardando sus instrumentos y a la mujer de cabellos dorados conversando con ellos, en realidad, despidiéndose. En los hombros de ella ve que está su chaqueta, e inmediatamente recibe un escalofrío. May se niega a dejarla ir.

Roger retrocede saludando a sus compañeros con la mano. Choca contra el pecho de alguien, gira queriendo disculparse, pero se ahoga con sus propias palabras antes de expresarse. Lo ataca un sobresalto repentino que dura solamente un segundo pero que es suficiente para incomodarlo.

—Lo siento, me atrasé demasiado. —aclara el rizado sintiéndose culpable.

Taylor toma aire, vuelve a sus adentros, intenta calmarse y pensar antes de actuar. Se pregunta entonces, ¿Qué haría Rogerina? y entra en el personaje rápidamente.

—Nadie te está presionando para que vengas hasta aquí  —afirma con seguridad, esbozando una sonrisa que denota aires de superioridad. Luego se quita el abrigo de los hombros y se lo entrega—. Que mal, llegaste tarde. El show terminó, supongo que nos veremos en otra ocasión.

midnight dance; brian may & roger taylorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora