Cap 35: El Renacimiento

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En el momento en el que Aemond y Lucerys fueron incinerados por sus dragones, algo inaudito ocurrió. Las llamas, que se suponían debían devorar sus cuerpos, se repelieron entre sí, formando un gran tornado de fuegos azules y dorados.

—Esto es... es imposible.

—Es hermoso...

Los gemelos Cargyll observaban anonadados la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Mientras que en el interior del remolino, Aemond y Lucerys permanecían desnudos, el fuego había devorado toda su ropa, así como el cabello de ambos, pero por lo demás, estaban ilesos.

Lucerys no había removido la espada con la que Aemond había sido apuñalado, esta permanecía incrustada en su corazón. El Velaryon no entendía muy bien porqué, pero sintió un deseo repentino de retirar la espada.

Mientras la iba sacando, la espada se incendiaba a medida que atravesaba el corazón de Aemond, convirtiéndose en una imponente arma llameante. En el momento en el que Lucerys sostuvo la espada en alto, las llamas se disiparon, emergiendo del fuego completamente ileso. Ambos Cargyll intentaron cubrirlo, pero a Lucerys su desnudes no le interesaba, solo quería venganza,habían asesinado a Aemond, y el responsable tenía que pagar por ello.

El Velaryon estaba tan segado por el odio que ni siquiera se dio cuenta de que Daemon había descendido cerca de ellos a lomos de Caraxes. Ni de que los dedos de Aemond, que se suponía estaban sin vida, comenzaron a moverse.

—Creo que eres el primer Targaryen calvo de nuestra dinastía sobrino. — Incluso en esta situación desesperada, Daemon era Daemon.

—No es momento para tonterías tío, lo han matado, voy a destruir esa cosa con mis propias manos.

Daemon ya se había dado cuenta de que Aemond había comenzado a moverse, pero parecía que Lucerys estaba demasiado segado por el dolor para darse cuenta. La vista de Daemon se desvió hacia la peculiar espada que su sobrino sostenía entre sus manos.

—He oído muchas leyendas sobre esa espada, pero jamás creí que fueran ciertas. — la situación era mucho peor de lo que Lucerys creía, ser Harrold Westerling no solo estaba muerto, sino que el caballero había conseguido atravesar al Rey de la Noche antes de morir. La batalla había sido épica, ambos se había apuñalado entre sí, pues el buen lord Comandante no dudo en dar su vida para defender a su reino, sin embargo, el anciano fue el único en morir.

"Si ni el Acero Valyrio puede matar a esa cosa, estamos jodidos."

Esos eran los pensamientos de Daemon, solo podían tomar a su familia y huir, mientras él se quedaba atrás para darles tiempo, pero aquí estaba Lucerys, completamente ileso y con un arma legendaria entre sus manos.

"Ya hiciste tu parte Luke, ahora me corresponde a mí hacer el resto."

—Yo también las he oído, solo espero que ese bastardo muera cuando lo apuñale. —esta persona era completamente diferente al Lucerys que todos conocían.

"Es increíble lo que un corazón roto puede hacer."

—No creo que a él le agrade oírte hablar así.—Daemon señalo a un moribundo Aemond que intentaba ponerse en pie.

—¡¡¡Aemond!!!— gritó Lucerys, corriendo hacia su amado y colmándolo de besos mientras tiraba su espada al suelo. Cuando se dio cuenta, Daemon ya huía a lomos de Caraxes para enfrentar al Rey de la Noche con ella.

El ataque fue repentino como un rayo. Caraxes cayó en picado sobre Meleys con un grito agudo que se oyó a una decena de leguas, envueltos entre las oscuras nubes de tormenta de Poniente, el choque entre ambas bestias fue brutal. El Guiverno Sanguíneo golpeó al dragón Zombi con terrible fuerza. Los rugidos resonaron por todo el campo de batalla mientras ambos se daban tarascadas y se destrozaban, con las siluetas negras recortadas contra el cielo rojo como la sangre. Tan intensas eran las llamaradas que los espectadores de abajo temían que las mismísimas nubes se incendiasen.

Amores y DragonesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora