nineteen

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Loki

Madre se había llevado a la mortal a su jardín privado. No necesitaba mis dotes de hechicería para saber que terminarían allí, ese lugar es su santuario, una explosión de vida y colores que siempre me ha parecido insultantemente optimista. Pero a ella le encantaba ver florecer cada rincón, como si el orden de unas cuantas plantas pudiera compensar el caos de los Nueve Reinos.

Me encontraba sumido en mis propios pensamientos, intentando descifrar por qué mi pulso no se estabilizaba desde que Holly me miró en el puente, cuando una presencia irritante rompió mi trance.

—¡Hey! —Fletcher chasqueó los dedos frente a mi rostro.

Mi reacción fue instintiva. Antes de que terminara de cerrar la mano yo ya había apresado su muñeca doblando la articulación con una presión precisa.

—No. Vuelvas. A. Hacer. Eso —siseé, sintiendo el crujido de sus huesos bajo mi agarre.

—¡Ahh, suéltame! —gimió el guerrero.

Lo lancé lejos de mí con asco, como quien se sacude un insecto molesto, y volví a clavar la vista en el horizonte dorado.

—¿Qué quieres? —pregunté, mi voz arrastrando una irritación que no me molesté en ocultar.

—Llevo horas intentando que me escuches, pero parece que la mortal te tiene en una especie de trance —rió, sobándose el brazo—. Estás perdido, príncipe.

—Tus facultades mentales siempre han sido limitadas, Fletcher. No confundas mi silencio con tu concepto de "estar perdido" —respondí, rodando los ojos—. Habla rápido antes de que decida que tu lengua sobra en esa boca.

—Como sea... no hay rastro de ninguna piedra aquí. Los soldados buscaron hasta la frontera y volvieron con las manos vacías, aunque dudo que esos ineptos sepan distinguir una piedra de infinito de un trozo de carbón. Así que nos quedan ocho mundos.

Bufé. Un nudo se apretó en mi garganta, aunque me negaba a admitirlo.

—Faltan pocos días —susurré, más para mí que para él.

Si no encontrábamos la forma de estabilizar el Aetherion, Holly se convertiría en poco más que una cáscara vacía. La idea me provocaba una náusea que ninguna medicina asgardiana podría curar.

—Tenemos que partir —me levanté de la banca con una urgencia que intenté disfrazar de aburrimiento—. Alista las armas y suministros. Yo me encargaré de la mortal.

—Claro... solo una pregunta —Fletcher alzó una ceja con esa sonrisa burlona que me daban ganas de borrarle a golpes—. ¿Llamamos a Sif y a los Tres Guerreros?

Me detuve y negué.

—No necesitaremos más niñeras, Fletcher. Con tu incompetencia ya tengo el cupo lleno.

Me alejé hacia el jardín de mi madre, moviéndome entre las sombras de los pilares.

Al llegar, las vi. Estaban a una distancia considerable, rodeadas de flores que brillaban con luz propia. Me oculté tras un arco de hiedra, no por miedo, sino por ese hábito de escuchar lo que no me corresponde.

Holly llevaba una flor en el cabello. Una de las favoritas de mi madre.

Se veía... extrañamente integrada en este mundo de oro.

—Me gustaría que algún día mi hijo conociera la paz al lado de alguien —escuché decir a mi madre con su voz cargada de esa melancolía que siempre me dedicaba—. Temo que sus propios actos lo hayan condenado a la soledad de una celda.

Impossible  || Loki || #1Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora