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"Con cien dólares y un folleto que encontró en la calle que hablaba de un pueblo llamado Hauntend Forest, una corazonada le indicó que ese sería su nuevo destino."
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Libro II de la serie amores verdad...
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—Hoy es viernes linda, quita esa expresión de tu rostro, te van a salir arrugas antes de tiempo.
Pongo los ojos en blanco mientras me miro en el espejo, estoy un poco confundida, no sé si esta ropa me sienta bien o necesito cambiarme, aunque no tengo mucho tiempo tampoco, no soy de usar vestidos, a menos que sea el uniforme de la cafetería, pero este específicamente me gusta, es muy sensual, atrevido, algo que la antigua yo no usaría y quizás por eso quiero ponérmelo, pero no sé si va con la ocasión.
Sébastien me invito a su casa, a su mamá le encanta las fiestas o reuniones familiares, así que hoy harán una, me alisté con tiempo, pero ahora viéndome en el espejo, me veo demasiado sexy para ir a su casa, dónde estarán sus padres y demás familiares, aunque no me da tiempo de cambiarme porque justo en ese momento, me entra un mensaje de él avisándome que está en la puerta, suelto un largo suspiro mentalizándome, Martha sonríe cuando me ve salir de la habitación.
—Usen condón cariño, todavía estás pequeña para traer un bebé al mundo.
Mi boca se abre en una perfecta o, estoy estupefacta con lo que acabo de escuchar, Martha solo se ríe alentándome a salir de la casa.
—No vamos a tener sexo —respondo con rapidez, siento mi cara caliente, salgo a pasos apresurados dejándola atrás riéndose.
—No lo olvides Evie.
Es lo último que escucho cuando cierro la puerta, respiro hondo mordiéndome el labio mientras camino al auto de Sébastien, me ondulé el cabello y traté de maquillarme, aunque no me salió como yo quería y me lo quité, cuando abro la puerta del auto, el fuerte aroma de Sébastien me embriaga, me encanta el olor de su perfume, es interesante la combinación, entre dulce, pero con toques de roble o algo así.
—Hola dulzura.
—Hola.
—Me gusta cómo te queda ese vestido, en realidad me gusta todo de ti.
Lo veo moverse de su asiento, acercándose peligrosamente a mi rostro, nuestras narices se rosan, trago con fuerza esperando su próximo movimiento, una de sus manos toca accidentalmente mi muslo haciéndome estremecer, el rico olor que desprende su cuerpo me tiene mareada, mi piel cosquillea cuando sus nudillos acarician mi brazo hasta qué él me pone el cinturón de seguridad, me quedo unos segundos analizando todo.
Sébastien está sonriendo.
No me besó.
Pero yo quería que lo hiciera.
—Solo me aseguraba de ponerte el cinturón, te quiero sana y salva.
—¿Sabes? Tengo dos manos —las muevo en su cara —. Se usarlas, puedo ponerme el cinturón yo solita, gracias.
—Uy, ¿por qué tan enojada de repente? Parece que alguien quería un beso.
—Bien lo dijiste, quería, verbo conjugado en pasado, pero yo sé tú vas a querer uno, ¿y adivina? No te lo voy a dar.