Cuando llegué a la edad de los 12 y 13 años, descubrí que mi cuerpo estaba cambiando. Todos decían que aquello era “normal”, que era algo bueno, parte del crecimiento… pero para mí era raro, incómodo y lleno de vergüenza.
Gracias a Dios que en esos días mi papá estaba en casa y no mi madre.
—¡¡Aaaaaah!! ¡Pa-paaaaa, papá, papá, ayúdame! ¿Qué es estooooo? —grité desesperado al despertar y verme bañado con una sustancia blanca, espesa y pegajosa que cubría mis sábanas y el cobertor.
De inmediato mi papá entró corriendo a mi habitación, pálido y alterado por mis gritos.
—¡¿Qué tienes, hijo?! ¡¿Qué pasó?! —preguntaba nervioso, sin saber con qué se iba a encontrar.
Yo apenas podía hablar del susto y la vergüenza. Con la cara roja y la voz temblorosa le mostré el desastre.
—Yo… yo me desperté así, papá… mira… —señalé el cobertor, deseando que la tierra me tragara.
Aquella madrugada había estado soñando. Todo era borroso, extraño… sentía molestias en mi parte, una sensación rara que me incomodaba. No supe cuánto duró, pero me desperté justo cuando algo caliente y espeso salió de mí. Nunca había visto mi pene así de rígido y eso me asustó.
—Se siente horrible, raro… tengo calor, me mojé todo, papá… —le dije casi en susurros, con los ojos llenos de lágrimas.
Me sentía asqueroso, confundido y aturdido. Todo esto era nuevo para mí.
Mi papá, conmovido, trataba de calmarme mientras me explicaba que lo que me había pasado tenía un nombre, que era parte del crecimiento. Menos mal que mamá no estaba en casa, porque no quiero ni imaginarme la charla que me hubiera dado… ¡qué vergüenza!
Ese día papá me aseguró que ya era un adolescente en pleno desarrollo, y que lo que había sucedido se repetiría muchas veces más. Yo solo quería taparme los oídos.
Con el paso de los meses mi voz comenzó a cambiar, mis brazos y piernas se estiraban y ya no estaba tan llenito de cachetes como antes. “Ya no tienes esos cachetotes de antes”, decía papá con nostalgia, mientras yo pensaba en lo mucho que los extrañaba.
Recuerdo que en esos días, también me explicó que esos despertares "extraños" serían frecuentes, y aunque lo decía con la toda naturalidad, para mí era una tortura escucharlo.
Tiempo después comenzó a comprarme pañuelos. Yo, ingenuo, los usaba para limpiar la mesa de noche o para secarme las manos, sin entender lo que en realidad quería decirme.
Lo más extraño era que, cada vez que iba de compras, llegaba con una caja de condones. La dejaba sobre la mesa como si fuera cualquier cosa, y luego me guiñaba un ojo.
—Son para que te cuides —decía antes de salir de la cocina.
Yo lo miraba sin entender. ¿Cuidarme de qué? ¿Por qué ese guiño? Apenas era un niño, ¿qué iba a hacer yo con eso?
Cuando se lo conté a Jeff, no pudo contener la risa. Se doblaba de la carcajada mientras yo le relataba mis gritos, el desastre en la cama y los condones que mi papá me dejaba. Al final terminé riéndome también. La verdad es que sí, mi reacción había sido digna de un susto de película de terror.
Qué locura fueron esos días… las hormonas, los pañuelos, los condones, los cambios en mi cuerpo.
Y, sin embargo, a veces cierro los ojos y me invade la nostalgia. Extraño aquellos tiempos en que tenía nueve años, cuando despertaba tranquilo, sin incomodidades ni sobresaltos, sin manchas raras en las sábanas, sin explicaciones incómodas. Extraño ser ese niño inocente que lo único que buscaba al despertar era señal en la televisión para seguir viendo caricaturas.
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UN AMOR ENFERMIZO
AléatoireEs normal que me sienta así? Él no es lo que parece, sin embargo me gusta, y me asusta estar cerca de él.
