Un chico de Westalis y una chica de Ostania se conocieron en un campamento y, sin saberlo, plantaron una semilla que, al principio, no parecía tener importancia. Pero, con el tiempo, lo que habían iniciado creció en algo más profundo: una historia q...
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Después de las palabras de Yor, un silencio pesado llenó el aire y el chico se sintió perdido. Sabía que la paz dependía de los adultos, pero escuchaba conversaciones sobre tratados y sobre si los jóvenes estaban listos para defender su país. Nunca había imaginado que podría considerar a alguien de Ostania como un amigo.
Aunque confiaba en Yor, la idea de tener como amigo a alguien de otro país le parecía extraña.
—Necesitamos más hojas —le respondió con incertidumbre en su voz. Incluso se levantó, tambaleándose un poco al apartarse de la chica—. Iré por más.
Yor lo observó en silencio, asintiendo ligeramente antes de ir por ramas. Él la vio alejarse en dirección opuesta con calma, pero en su interior, se sentía decepcionado por no haber sido más decidido.
Al volver de sus búsquedas, siguieron mejorando el refugio, arreglando las hojas y ramas que se habían esparcido durante la noche. Sin embargo, el silencio persistía y el chico sentía que se prolongaba demasiado hasta que se percató de que Yor había desaparecido de nuevo.
Decidió buscar a Yor en los alrededores cercanos al refugio, pero no la encontró por ninguna parte. El montón de ramas extras seguía como lo había dejado antes y no había huellas que indicaran que se había dirigido hacia el arroyo.
—¡Yor! —gritó mientras se aventuraba a buscarla. El sol estaba empezando a ponerse y no quería buscarla cuando oscureciera—. Yor, ¿dónde estás?
Justo cuando estaba en el borde del arroyo y sintió que la situación podía empeorar, la vio. Ella volvía con bayas en las manos y una sonrisa tranquila en el rostro.
—¡Consejero! —exclamó ella con entusiasmo—. Pensé que podría ir a buscar comida.
Él no pudo evitar reírse ante su respuesta despreocupada, aunque trató de contenerse.
—¿Estas son las bayas que se pueden comer?
—Sí, por supuesto. Traje para ambos —declaró Yor con seguridad.
Su respuesta lo sorprendió y miró a Yor con asombro.
—¿Vamos a comer? —preguntó, confundido—. ¿No estás molesta?
—¿Por qué debería estarlo? —respondió ella, también confundida.
—Lo que dije antes sobre Ostania. Tú eres de ahí —intentó explicar el chico—. Dije que éramos enemigos.
—Pero yo dije que somos amigos —recordó Yor con una sonrisa, tomando la mano del chico y dejándolo aún más sorprendido—. Además, eres mi consejero y te aprecio mucho.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Yor y sus ojos brillaron de alegría. Para el chico, el color rojo se convirtió en su favorito desde ese momento, y sabía que era por ella, aunque nunca dio una explicación a los que le preguntaron en el futuro.
—Yor, yo... —empezó a decir, pero se detuvo al darse cuenta de que sus manos estaban juntas—. ¿Vamos a comer?
—¡Claro! —afirmó ella con entusiasmo.
Yor soltó su mano y se alejó como si fuera algo normal. Mientras tanto, él se sentía nervioso, repasando en su mente el cálido gesto, incluso cuando la oscuridad de la guerra lo rodeó años después.
En algún momento, el chico se unió al ejército y luchó contra Ostania. La vida en la naturaleza lo había preparado para la guerra, pero para ser un explorador del bosque.
—Yor —pronunció su nombre, ahora como soldado—. ¿Todavía somos amigos?
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Nota de la autora: La última parte de esta historia está muy inspirada en el monólogo de Twilight durante el capítulo 62 del manga.
Estoy imaginado el día en que lo animen y me estremezco.