“Los cambios son buenos; o eso es lo que dicen las personas.”
Elizabeth
Siempre me pregunté si el karma ya se había cobrado todo lo que debía, pero fue como si ahora hubiera llegado diciendo “eres tan idiota que tuve que intervenir”.
Mi mente parecía un carrusel, reproduciendo un recuerdo detrás de otro. Algunos nítidos, otros tan difuminados que no permitían ver casi nada, y otros eran tan dolorosos que, de una forma u otra, terminé llorando.
Frente a toda la escuela.
Escuché risitas, sentí la mirada de todos en mi persona, algunos estúpidos grabando con sus celulares y otros señalando con burla. A mi lado vi a Byron decidido a intervenir, pero una ira avasalladora me corrompió por dentro en cuestión de segundos y me abalancé sobre el muchacho haciéndolo chocar con una pared mientras trataba de controlarme a mí misma.
Pero no podía. Simplemente no podía.
Era como si mi cerebro hubiera activado un modo supervivencia que ni yo misma sabía que existía.
—¡¿Quién mierdas te crees que eres?! —me oí a mí misma pronunciando palabrotas que casi nunca utilizaba.
El muchacho soltó una risa amarga y sarcástica antes de responder en el mismo tono de voz mientras hacía que tomara distancia.
—¡No sabía que la mejor alumna era una maleducada! —eso me enfureció más.
—¡Maleducada será tu madre!
—¡No te atrevas a decir nada so…—
—¡Yo digo lo que me da la puta y maldita gana! ¡¿Siquiera sabes quién me regaló eso?! —espeté en un grito mientras me acercaba peligrosamente a su persona.
Mi hermano Kamilo.
—¡¿Por qué me debería de importar?! —susurró con sorna mientras extendía sus brazos a los costados y mantenía el contacto visual.
Terminé de descontrolarme.
De un momento a otro, lo próximo que supe fue le asesté un puñetazo en el lado derecho de la cara con tanta fuerza que a mí me dolió. Que me llevara un par de cabezas de altura me importó un carajo, y supe que le dolió porque se quedó quieto mientras un caminillo de sangre le recorría ese lado de la cara dando un par de pasos atrás por el golpe.
Estaba respirando tan fuerte que parecía un animal rabioso.
—¡Te tiene que importar! ¡Porque tú —le di un empujón—, rompiste uno de los últimos recuerdos que tenía de mi hermano muerto! —la voz se me quebró tras decir lo último. Me obligué a tomar aire por un milisegundo antes de gritar con todas mis fuerzas—. ¡Así que te tiene que importar! —cuando vi que el muchacho permaneció quieto en su lugar sin decir un comentario mordaz, volví a hablar—. ¿Qué pasó? ¿Te comió la lengua el gato... —miré la plaquita con su nombre en la esquina superior derecha de la chaqueta de uniforme “Will Erickson”. —¿Will? —ahí reaccionó.
—Si no fueras tan altiva, no hubiéramos llegado a esto. —dijo antes de acercarse a mí. Nuestras caras a sólo centímetros. —Seguro que tu hermano estaría avergonza… —ni siquiera lo dejé terminar. Lo volví a empujar y le regalé otro golpe debajo del ojo derecho. No le di tiempo a reaccionar antes de estamparlo contra la pared.
Una vez Kamilo me había dicho que yo era alguien de carácter explosivo, que sólo hacía falta de una pequeña chispa para hacerme explotar, y en ese momento supe que tenía razón.
—¡No te atrevas a mencionar a Kamilo! ¡Límpiate la boca primero antes de mencionarlo! —espeté desgarrándome la garganta en el camino.
Me dolían los nudillos, estaba segura de que estaban rojos.
Me alejé del muchacho al tiempo para ver cómo se dejaba caer contra la pared hasta quedar sentado. Me limpié el rastro de las lágrimas en mi rostro, quienes no habían dejado de correr en ningún momento, viendo que tenía los nudillos enrojecidos con un pequeño rastro de sangre.
Debía de verme patética.
Pronto sentí a Byron detrás de mí cargándome al estilo princesa. Tenía mi mochila en uno de sus hombros y los audífonos los había metido en ella. No tenía más fuerzas para seguir gritando, me dolían los nudillos de la mano y la garganta no creo que estuviera mejor.
Suspiré antes de hablar.
—Estoy bien, Byron. No te preocupes. —Byron sólo me miró de soslayo antes de suspirar y bajarme. Estábamos casi en la salida cuando por quedarme un par de pasos atrás, choco con una persona.
Suspiré —esta vez para controlar las lágrimas que se empezaban a acumular en mis ojos— antes de hablar.
—Muévete, por favor.
—Elizabeth, ¿me puedes explicar por qué carajos estás llorando? —escuchar la voz de mi hermano en ese momento fue lo que necesité para romper en lágrimas por segunda vez. Lloraba como si fuera una niña pequeña.
Era Kristhian.
El mismo Kristhian que apenas si paraba en casa por su trabajo.
ESTÁS LEYENDO
Rompecorazones 1: BROKEN
عاطفيةEmpecemos por el principio: por el olor de un libro nuevo, por las ansias de conocer la historia que aguarda escrita entre sus hojas. Aventurémonos entre las líneas, saboreando las palabras que nos cuentan sobre la vida de Elizabeth, una chica con t...
