Capítulo 16

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Maratón 2/4

“Las pesadillas son sólo un recuerdo distorsionado de la realidad que cada uno vive, pero las de ella ya eran una representación de su alma rota.”

—¿Por qué el abandono, Elizabeth? —murmuraron a mis espaldas.

Girando sobre mi eje, encontré a Kamilo vestido de traje, mirándome con el entrecejo fruncido y una expresión decepcionada dibujada en el rostro.

Dolió que me viera de esa forma.

—Yo-yo no sé de hablas. —el tartamudeo en mi persona siempre fue un claro indicio de mentiras, y Kamilo reconoció ese gesto porque pasó a mirarme con expresión crispada mientras cerraba las manos en un puño. Ni siquiera me había detenido a observar que estábamos en el lugar del accidente, pero sin ningún tipo de herida como en verdad había pasado.

¿Dónde mierda estaba?

Devolví mi atención a mi hermano, que esta vez sí se encontraba con la ropa deportiva del día del accidente, la piel pálida y sangre manchándole un lado del rostro y oscureciéndole el cabello. Tenía el aspecto del Kamilo que vi en la cámara fría.

Y esa imagen aterró como los demonios.

Me negaba a creer que esto fuera real, mientras la confusión hacía estragos en mi cerebro y el terror confundía mis sentidos. Quise moverme siquiera un centímetro, alejarme de esa imitación barata y maléfica de Kamilo, pero un frío gélido me recorrió la espina dorsal al darme cuenta del sabor metálico que sentí de un momento a otro, terminando por vomitar grandes coágulos de sangre.

Como acto reflejo llevé las manos a mi estómago, encontrando una sustancia viscosa que se apoderaba a gran velocidad de esa zona. No sentí necesario revisar para saber que ya era sangre, pero mi cerebro ordenó a mis ojos a observar la blusa empapada de sangre y cómo mis manos estaban manchadas de sangre.

Empecé a hiperventilar como la primera vez que me enteré de que Kamilo estaba muerto, pálida e incapaz de moverme mientras me desplomaba en el frío pavimento.

«Si esto era una pesadilla, necesitaba despertar ya.»

—¿Por qué me mataste, Elizabeth? ¿Acaso me odiabas? —levanté la cabeza abruptamente ante el sonido cercano de la voz de Kamilo, encontrándolo a un metro y algo de distancia.

—Yo no hice eso. —¿por qué lloraba? Ni siquiera lo sabía, pero me veía en la necesidad de disculparme, me dolía el pecho de sólo pensar que Kamilo pensaba así de mí.

—¿Qué es eso en tus manos entonces? —apuntó de manera acusadora en mi dirección.

Apuntaba en dirección a mis propias manos manchadas de sangre, pero esa ya no era mi sangre y dolía ver eso. Tenía la vista nublada, no podía emitir sonido del terror, pero aun así levanté el rostro para hablar, pero la nueva escena que contemplaba me dejó paralizada en el lugar.

Kamilo ya no estaba, yo ya no tenía sangre, ya no estaba en el lugar del accidente. Ahora estaba en un pequeño pasillo con paredes hechas de ladrillos e iluminado por algunas bombillas. Al final de ese pasillo que parecía interminable, apareció una figura vestida de negro que en cuestión de segundos estuvo a sólo un par de metros, provocando que emitiera un pequeño grito producto del espanto y haciendo que esa figura espeluznante fijara su atención en mi persona. Miré con terror a un Erickson vestido de negro que, de manera automática, pasó a mirarme con una sonrisa torcida que se ensanchó de manera perturbadora al ver el manojo de nervios en el que me había convertido. Su mirada conectó con la mía, dejándome ver un par de ojos totalmente diferentes.

«Vamos a jugar, princesita mojigata.»

Rompecorazones 1: BROKENDonde viven las historias. Descúbrelo ahora