Capítulo 11

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“Hay cierto placer en la locura, que sólo el loco conoce. Y si hay tres en la habitación la cosa puede volverse rara.”

Elizabeth

Pensé que era Erickson quién me había sujetado la muñeca, así que vi con absoluto horror como era William quién se sujetaba el lado de la cara que había recibido el impacto, el cual ya se estaba volviendo de un color amoratado casi llegando a morado opaco.

Si me quedaba alguna duda de que era albino, ésta se esfumó junto a mi dignidad por uno de los ventanales de la sala en que me encontraba.

Me desconocí a mí misma socorriéndolo para ver el daño en la mejilla, porque casi siempre rehuía del contacto humano a no ser que fuera Byron o alguien selecto de mi círculo cercano. William parecía compartir mí mismo pensamiento de no dejar que nadie lo tocara sin su permiso, aunque cuando le rocé la mejilla amoratada con los cinco dedos de mi mano marcados en la piel pálida, lo oí sisear de dolor.
Segundos después escuché una risa suave y ronca. Pronto se convirtieron en dos.

Me pregunté qué tan mal debían de estar esas mentes para que Erickson se riera de la desgracia de su hermano y que William le acompañara también. Aunque tal vez esa no era una pregunta que se me hiciera urgente, sino otra que rondaba a la vez que hacía morir la anterior.

«¿Su nivel de cordura sería igual que el mío?»

Y sí así fuera, ¿qué? Descarté la idea de inmediato, pensando que tal vez estarían lo suficientemente entretenidos para no notar que me iba, aunque choqué de frente contra un muro al descubrir que estaban lo suficientemente atentos a su alrededor cuando una mano volvió a enroscarse en mi muñeca.

Esta vez decidí voltear primero antes de golpear a nadie. Y tal vez eso debió de haber sido lo primero que debí haber hecho, cuando me percaté de que esta vez fue Erickson quién me sujetaba.

Era la primera vez que lo veía de cerca desde el incidente en la escuela, y aun así, en mis venas seguían latentes los deseos de clavarle la punta del portaminas que guardaba en la mochila con algunos cuadernos de notas que traje, en su carótida.

De todas formas, me dejé arrastrar por él como una muñeca hasta que nos sentamos uno frente al otro en un sofá ancho de cuero rojo sangre. Su hermano se sentó en un sillón individual a juego con una bolsa con hielo en la mejilla. Si le dolía, no daba señales de ello.

—Cuando Alex habló de que Karla me iba a dar tutorías para evitar que me quedara atrás en la escuela, no pensé que iba a ser la misma Karla que me dejó con un dolor de mandíbula por una semana. —su voz sonaba extrañamente… real, sin un ápice de ironía o burla.

Aunque igual no le creía. Bien podía estar fingiendo.

Lo demostré cruzándome de brazos mientras lo miraba con los ojos entrecerrados como si así pudiera detectar alguna mentira.

Erickson suspiró mientras bajaba la vista a sus manos. Su hermano fue quién habló con la burla que esperaba en la voz de Erickson.

—Así que tú fuiste la que mandó a mi hermano al hospital y lo dejó en cama con un moratón horrible en la cara. —a pesar de que hablaba con la burla deslizándose por su lengua, detecté un deje de curiosidad que me hizo voltear a verlo, sólo para encontrarlo detallando hasta el último centímetro de mi ser.

Cuando se dio cuenta de que lo había atrapado infraganti, se limitó a sonreír con sorna para volver a hablar.

—Que conste que eres mi ídolo. —incluso se puso una mano en el pecho mientras la sonrisa cambiaba a ser de falsa amabilidad.

Un resoplido a mi lado me obligó a devolver mi atención a un Erickson que miraba a su hermano con deseos de asesinarlo ahí mismo.

—Tal vez no lo creas, pero en cuanto Alex se enteró recibí una paliza peor que la tuya. —lo miré sin comprender nada de lo que salía de sus labios. Alex era un pan de dios que siempre tenía una sonrisa en sus labios.

Erickson pareció comprender mi confusión porque se limitó a apretar los labios hasta formar una fina línea con ellos. William había borrado todo rastro de sonrisa como si supiera que lo próximo que se iba a decir no era motivo de burla.

—Tal vez mi actuación no fue la mejor, porque realmente yo mejor que nadie sabe lo que es un recuerdo convertido en un objeto valioso. —me negaba a creerle rotundamente, principalmente porque entonces no tendría excusa para el enojo que parecía hacerse habitual en mí.

Emití una risa incrédula mientras negaba con la cabeza baja, mirando los cordones de mis zapatillas blancas, tratando de que se me aclarara la vista y evitando que las lágrimas se desbordaran.

¿Qué quería decir con eso, que me entendía?

Estaba cansada de que siempre dieran a entender que entendían mi «dolor», pero jamás daban muestras de hacerlo a la hora de la verdad, cuando me encontraba en la sala llorando sin razón aparente, negándome a comer, a subirme a cualquier puto medio de transporte. Tampoco daban señales de entender nada cuando me diagnosticaron con estrés postraumático y agorafobia, ni cuando el psiquiatra dijo que debían tratar de no obligarme a nada, pero, aun así, al día siguiente de la consulta me obligaron a ir a la escuela, a soportar miraditas inquisidoras, a soportar que se hablara de mí en cualquier maldito lado.

Nunca entienden un carajo, pero la maldita hipocresía los hacía acercarse para dar palabras de aliento vacías y nulas que se esparcían en el viento.

Así que exploté.

—Ni tú ni nadie entienden un carajo porque nadie es igual ni ninguno sentimos de la misma manera. Así que te aconsejo que no vuelvas a decir que entiendes una mierda. Porque no lo haces. —la voz me salió en un susurro a la vez que controlaba mis respiraciones para tratar de calmarme, aunque igual respiraba como una bestia a punto de descontrolarse.

Ni siquiera me fijé en la expresión de Erickson, simplemente continué susurrando, lo suficientemente alto para que oyeran.

—Así que nada de lo que digas justifica lo que hiciste. Si lo que querías era disculparte ya lo hiciste. No creo que mi perdón llegué en un futuro cercano si era tu objetivo. —decidí ponerme de pie, reajustarme la pequeña mochila que llevaba y caminar en dirección a la salida.

Lo oí hablar a mis espaldas.

—No estaba justificando nada, Elizabeth. —no quise voltear, mayormente porque una lágrima ya se había deslizado por mi mejilla, y también sabía que, si volteaba, iba a llorar.

Y no quería eso.

Rompecorazones 1: BROKENDonde viven las historias. Descúbrelo ahora