Capítulo 11

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El corazón de Isabella se agitaba de una manera desagradable en su pecho. El llanto y la fuerza con la que Malina se estaba aferrando a ella era dolorosa. Al principio, la inesperada acción de la chica la dejó perpleja, pero en un instante, sus instintos tomaron el control y envolvió a la pelinegra en un cálido abrazo.

Los sollozos de Malina llenaron la habitación, y mientras sus lágrimas empapaban el hombro de Isabella, esta acariciaba con ternura su cabello y murmuraba palabras de consuelo, sin siquiera conocer la razón detrás de su angustia. Malina, quien generalmente se mantenía oculta tras su caparazón emocional, se aferraba a Isabella como si dependiera de ella para mantenerse a flote en un mar de emociones abrumadoras.

—Está bien Mali —susurró Isabella, su voz tan suave como una brisa de verano—. Estoy aquí, estoy aquí para ti.

Las palabras de Isabella resonaron en el oído de Malina como una melodía tranquilizadora. Poco a poco, los sollozos de la joven comenzaron a disminuir, y su respiración se volvió más tranquila. Isabella continuó susurrando palabras de aliento aún sin necesidad de saber lo que había causado el dolor de Malina.

Con el tiempo, el llanto de la joven se desvaneció por completo, y las dos chicas permanecieron abrazadas en silencio. Isabella seguía acunando a Malina con dulzura, sintiendo cómo el corazón de la joven latía en sintonía con el suyo.

—Lo siento —susurró Malina en un hilo de voz.

La sensación cálida de Malina sobre ella se desvaneció lentamente. El llanto había cesado, pero aquellas lagrimas que minutos atrás caían sin parar, seguían presentes en el rostro de la chica. Isabella acarició el rostro de Malina con su pulgar. Las lágrimas, habían surcado su piel suave y rosada, dejando un rastro de sal y desconsuelo. Por un puro impulso, como si su pulgar supiera el camino sin que ella misma lo pensara, Isabella las limpió, una a una, como si borrara los rastros de la tristeza que habían ensombrecido los ojos azules de Malina.

Ante aquella acción, los ojos de Malina se encontraron con los de Isabella en un momento eterno. La mirada de Malina, un enigma que se desplegaba ante sus ojos, parecía contener secretos profundos y anhelos desconocidos. En ese momento, en esa mirada imposible de descifrar, Isabella sintió cómo todo su ser se movía, como si el pulgar que había tocado las lágrimas también hubiera rozado su corazón, despertando emociones que habían estado latentes en lo más profundo de su ser.

— ¿Mucho mejor? —titubeó Isabella, ahora consciente de sus propios sentimientos hacia la chica.

Malina asintió tomando distancia de la chica, como si las mismas sensaciones que sacudieron a Isabella también la hubieran sacudido a ella.

—Un poco —susurró.

— ¿Quieres hablar de ello? —Isabella, se acomodó en su cama, apartándose ligeramente del abrazo de Malina para darle espacio. Extendió su mano hacia el lado vacío de la cama, e invitó a Malina a sentarse a su lado.

Con un suspiro tembloroso, Malina se acomodó junto a Isabella, mirando hacia abajo, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para explicar lo que la atormentaba. Isabella la miró con ojos llenos de ternura y preocupación, esperando pacientemente a que su amiga encontrara las fuerzas para hablar.

Finalmente, con voz entrecortada, Malina susurró el nombre que resonó en el aire como un eco del pasado.

—Oliver —el simple sonido de aquel nombre hizo que Isabella se tensara involuntariamente —. Tuve una pesadilla... En la pesadilla, Oliver volvía, pero no era él —con una sonrisa triste, Isabella apretó la mano de Malina con más fuerza.

—Está bien, Malina. A veces, extrañar a alguien es una forma de mantenerlos cerca, incluso si ya no están con nosotros.

— ¿Tú también lo extrañas? —preguntó con incertidumbre. Isabella asintió con tristeza, dejando caer una lágrima solitaria por su mejilla.

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