Capítulo 24

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Malina bajó del auto con el corazón latiendo con fuerza, sintiendo la tensión acumulada en cada músculo de su cuerpo. La imponente estructura de la escuela se alzaba frente a ella, un laberinto de pasillos desconocidos y caras nuevas. Sus ojos ansiosos recorrían el entorno, buscando algún indicio de seguridad en medio de la multitud que se agolpaba en la entrada.

Su padre, percibiendo su ansiedad, se acercó con esa mezcla inigualable de cariño y seguridad que solo un padre puede transmitir. Un beso en la cabeza y palabras reconfortantes fueron su bálsamo en ese momento de angustia.

—Lo harás bien, cariño —le aseguró con la voz llena de confianza—. Me tienes a mí y a Isabella, esto será pan comido, lo prometo.

Malina forzó una sonrisa ante las palabras de su padre, pero por dentro, los nervios seguían retorciéndose en su interior como una maraña de emociones encontradas. Las palabras reconfortantes no eran suficientes para calmar la tormenta que se desataba en su mente.

Mientras su padre se encaminaba hacia la entrada con esa seguridad que tanto admiraba, Malina se quedó plantada en su lugar, aún atrapada en la espiral de sus propios pensamientos. Sentía la mirada penetrante de Isabella, quien se mantenía en silencio a su espalda.

Este primer día se suponía que sería emocionante, lleno de nuevas experiencias y oportunidades. Sin embargo, las mentiras de Isabella habían tejido una telaraña de complicaciones que ahora la envolvían. Ignorar a la otra chica se había convertido en una tarea desalentadora, especialmente en este momento crucial.

Con un suspiro cargado de resignación, Malina se armó de valor y decidió dar el primer paso hacia lo desconocido, con la esperanza de que aún si Isabella a su lado, todavía podría lograrlo.

Malina entró al aula con el corazón latiendo desbocado, sintiendo como si cada mirada que se posaba sobre ella la perforara con agujas de ansiedad. Las criaturas, que siempre acechaban en los momentos más inoportunos, parecían despertar con renovado vigor en respuesta a su agitación interna.

Se sentía más incómoda que nunca. Las criaturas, tan aferradas a su ser, parecían empeñadas en hacer su aparición cuando más vulnerable se encontraba. Pero ahora, en este momento crucial, no las necesitaba. No quería su presencia perturbadora, su constante recordatorio de los temores que yacían en lo más profundo de su ser.

Malina buscó refugio en un rincón oscuro del aula, anhelando pasar desapercibida entre las sombras de la habitación. Sin embargo, como si el destino se burlara de su deseo, una figura se acercó con paso seguro, su cabello rubio brillando como un faro en medio de la penumbra.

La sonrisa que adornaba el rostro de la chica era tan inocente como maliciosa, una contradicción de emociones que no escapaba al radar de Malina.

—Hey chica nueva —saludó la chica con una entonación amigable—. No te había visto por el pueblo. Soy Jessica, un gusto —la recién llegada se presentó, extendiendo su mano en un gesto de amistad.

—En realidad no hace mucho que volví aquí, soy Malina Duarte —respondió Malina con una leve tensión en su voz. Desde el primer momento en que Jessica se aproximó, Malina sintió un cosquilleo de inquietud que le recorría la espalda. La sonrisa de la forastera solo sirvió para confirmar sus sospechas.

—Chica Duarte, por supuesto que sé de ti, ¿no eres la chica de los duendes? —soltó Jessica con una naturalidad que dejó a Malina paralizada. La mandíbula de Malina casi se desprendió de asombro ante las palabras de Jessica. Se sintió desorientada, herida y enfurecida ante la manera tan casual con la que Jessica mencionaba un tema tan delicado y traumático para ella.

Ante el comentario provocador de la intrusa, las criaturas parecían hervir en furia contenida. Susurros malignos se elevaban desde las profundidades, incitando a la venganza, instando a Malina a darle su merecido a aquella imprudente forastera. La joven apretó la mandíbula, sintiendo cómo la furia empezaba a recorrer su cuerpo como una marea oscura y voraz. Las criaturas continuaban susurrando, urgiéndola a actuar, a hacer valer su presencia en aquel lugar de sombras y secretos. Pero entonces, como un rayo de luz en la oscuridad, la imagen de su pequeño hermanito se dibujó en su mente.

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