El umbral de la iglesia crujió bajo sus pasos. La puerta se cerró a sus espaldas con un leve gemido, como si el viejo edificio exhalara con resignación al recibirlos. Dentro, el silencio era sepulcral. Ni una chispa de viento, ni un canto lejano, ni el eco de la calle. Sólo la espesura de la oscuridad que parecía devorarlo todo.
Malina se detuvo un momento, respirando con dificultad. A su lado, Lauren miraba en todas direcciones con los labios tensos, como si esperara que algo saltara de la penumbra. Marcos, más atrás, guardaba silencio con los hombros rígidos.
—Sigan cerca —susurró Malina.
La voz le salió más baja de lo que pretendía, como si el lugar la silenciara de forma deliberada. Los pasos de sus amigos resonaron detrás de ella, sus sombras se estiraban sobre los bancos como si no quisieran seguirlos, como si dudaran. Caminaron despacio por el pasillo central, sus pasos apagados sobre las baldosas. La oscuridad parecía más espesa conforme se acercaban a lo que parecía el despacho de Braulio.
La puerta del despacho seguía ahí. Cerrada. Intacta.
—Aquí —dijo, más segura.
Giró la perilla y empujó.
La habitación los recibió con una calma que rayaba en lo absurdo. Todo estaba ordenado. La lámpara encendida, los papeles alineados con precisión quirúrgica sobre el escritorio, los libros apilados por tamaño y color. Incluso el aroma era diferente: incienso reciente y madera encerada.
Pero Malina no vio eso primero. Vio lo que no estaba.
—No... —murmuró, quedándose quieta en el umbral.
No había libros en el suelo, ni papeles desparramados. El escritorio estaba perfectamente ordenado; cada cosa en su sitio, cada objeto como si nadie lo hubiera tocado en semanas.
—La última vez... esto era un desastre —susurró.
Sus amigos se miraron, pero no dijeron nada. Y entonces, algo se quebró dentro de ella. Como una ficha cayendo en un tablero invisible.
Isabella había estado allí justo antes que ella. Se sintió tan tonta. Tan ciega. Había tenido las piezas frente a ella todo ese tiempo.
—Ella estuvo aquí —dijo, apretando los puños—. Y yo... no lo vi.
—No podías saberlo —dijo Lauren, rompiendo el silencio con suavidad.
—Pero estaba todo ahí, pude haber hecho algo —Marcos la observó con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.
—No sirve de nada culparte ahora. Si de verdad pasó algo aquí, tal vez todavía haya... algo que nos dé respuestas. Revisemos.
Así, en un acuerdo sin palabras, los tres comenzaron a revisar el despacho. Al principio, de forma torpe. Como si ninguno supiera realmente qué esperaba encontrar. Abrían cajones, levantaban papeles, tocaban los bordes de los muebles. Todo se sentía... limpio. Demasiado limpio. Como si cada objeto estuviera colocado para evitar el recuerdo de lo que realmente ocurrió.
Lauren se detuvo frente a una estantería empotrada, agachándose con lentitud. Había algo extraño en la base, una pequeña rejilla apenas visible tras la moldura. Sus dedos rozaron el borde metálico, y su ceño se frunció al instante.
—Esto no está bien —susurró.
Marcos se acercó al instante.
—¿Qué viste?
—No es sólo una rejilla. Mira cómo está sujeta. No pertenece al diseño original.
La tensión se condensó de pronto en la habitación. Malina se acercó con pasos lentos, como si cada uno la acercara a algo que no debía ser descubierto.
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Pequeñas Criaturas
Misterio / SuspensoEn un regreso enigmático al hogar que una vez conoció, Malina despierta los recuerdos ocultos de una tragedia que destruyó su familia y dejó su corazón sumido en la oscuridad. Las sombras del pasado acechan cada rincón, atormentándola con su persist...
