En la penumbra de la sala, apenas iluminada por la luz moribunda que filtraba la lámpara de pie en la esquina, Malina se encogía en el rincón del sillón como si pudiera fundirse con él. Sus ojos, llenos de una mezcla de miedo y confusión, recorrían la escena con timidez.
Los extraños que llenaban la casa parecían monstruosos gigantes en comparación con la pequeña figura encogida de Malina. Dos policías, con sus uniformes imponentes y sus miradas inquisitivas, la observaban con atención.
Su madre, con el ceño fruncido por la preocupación y los ojos cargados de reproche, suplicaba entre dientes que Malina dijera la verdad. El tono de su voz era un eco ronco en la habitación, mezclado con el desesperado intento de contener la furia que bullía dentro de ella. A su lado, su padre, con gestos suaves y palabras tranquilizadoras, intentaba calmar la tormenta que se avecinaba.
Malina, sintiendo el peso abrumador de la situación, bajó la cabeza, como si pudiera esconderse del mundo entre las sombras que se extendían a su alrededor. Sus labios temblaban mientras los mordía con fuerza, tratando de contener el torrente de emociones que amenazaba con desbordarse. Pero era inútil. Las lágrimas brotaban de sus ojos como un río desbocado, traicionando su intento por mantenerse firme ante aquellos que la rodeaban.
—Empecemos de nuevo, pequeña —instó el policia, su voz resonando en la estancia—. ¿Viste quién se llevó a tu hermanito? Es importante que nos digas la verdad.
Malina se encogió un poco más en su espacio, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus frágiles hombros. Negó con la cabeza con vehemencia, su corazón latiendo desbocado en su pecho.
Con voz temblorosa, como un susurro en medio de la tormenta, Malina repitió su historia una vez más, como si al repetirla pudiera encontrar algún detalle que la llevara a la respuesta que tanto ansiaban.
—Él fue a mi habitación —comenzó, sus palabras titubeantes en el aire tenso—. Me dijo que lo acompañara a un nuevo lugar, un lugar feliz. Intenté que regresara a la cama, pero corrió al sótano. Lo seguí, y entonces... ellos se lo llevaron.
La habitación quedó en un silencio sepulcral, como si las palabras de Malina hubieran dejado una marca imborrable en el espacio. El policía miró fijamente a la niña, buscando en su rostro alguna señal, alguna pista que lo condujera al misterio que envolvía la desaparición del pequeño.
— ¿Quién, Malina? —inquirió el agente con voz impaciente, sus nervios a flor de piel — ¿Quién se lo llevó?
Malina levantó sus grandes ojos llenos de lágrimas hacia el policía, sus labios temblando mientras pronunciaba las palabras que habían estado atormentándola.
—Las pequeñas criaturas —susurró, su voz apenas un murmullo en la vastedad del espacio. Y en ese momento, un escalofrío recorrió la espina dorsal de todos los presentes, mientras el misterio de lo desconocido se cernía sobre ellos como una sombra amenazante en la oscuridad.
Cuando Malina cerró los ojos con vehemencia, fue como si un telón pesado cayera sobre los recuerdos de aquella fatídica noche en la que Oliver desapareció. Los fragmentos dolorosos se desvanecieron en las sombras de su mente, y en su lugar emergió la escena actual: la misma habitación, los mismos protagonistas, pero una situación completamente diferente, un problema distinto que acechaba en el aire cargado de tensión.
Al abrir los ojos, se encontró con el escenario familiar: sus padres, inmersos en una discusión acalorada. Su madre, con los ojos llenos de determinación, se negaba rotundamente a que Malina fuera sometida a interrogatorios, señalándola con vehemencia mientras proclamaba
— ¿No ves lo aterrorizada que está? No permitiré que esto vuelva a suceder.
Las palabras de su madre resonaron en la habitación como un eco de dolor y miedo. Daniel, su padre, no tardó en responder con una frase cargada de resentimiento
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Pequeñas Criaturas
Mystery / ThrillerEn un regreso enigmático al hogar que una vez conoció, Malina despierta los recuerdos ocultos de una tragedia que destruyó su familia y dejó su corazón sumido en la oscuridad. Las sombras del pasado acechan cada rincón, atormentándola con su persist...
