Capítulo 27

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La noche envolvía los alrededores de la mansión Duarte con su manto oscuro y estrellado, un velo que parecía teñir cada rincón con un misterio palpable. Malina y Isabella se aventuraban por el sendero que conducía hacia el antiguo cobertizo donde guardaban las bicicletas que utilizaban cuando eran niñas. Sus siluetas se recortaban contra la penumbra, moviéndose con determinación, pero también con cierta inquietud.

Fue Malina quien rompió el silencio, sus palabras resonando en el aire nocturno como susurros cargados de significado.

—Entonces, Lauren sabe —dijo, su voz apenas un murmullo entre la oscuridad.

Isabella se detuvo en seco, sorprendida por la declaración de Malina. La miró con ojos confundidos, tratando de descifrar el significado detrás de esas palabras.

— ¿Qué quieres decir? —preguntó, su voz temblorosa con la incertidumbre.

Malina continuó, deslizando sus dedos con delicadeza sobre los de Isabella, tratando de transmitirle calma con ese gesto.

—No parecía sorprendida cuando le contamos lo que dijo Brandon —Isabella abrió la boca, como si hubiera sido sorprendida en pleno acto, y luego asintió nerviosa.

—Sí... ella lo descubrió incluso antes que yo —admitió, su voz apenas un susurro en la noche.

Malina captó la preocupación en el rostro de Isabella y apretó suavemente sus manos, ofreciéndole un gesto de apoyo.

—Está bien, confío en ella, es nuestra amiga —aseguró, tratando de disipar los temores de Isabella—. Además, ahora tengo una excusa para golpear al tonto de Brandon sin que me vean como una loca —añadió Malina con seriedad, su tono cargado de determinación. Isabella no pudo contener una risa ante la declaración de Malina—. ¿Qué? —respondió Malina con un deje de confusión—. Ese tonto siempre encontraba una excusa para acercarse a ti.

—Y aun así tú eres la única que tiene toda mi atención —Isabella respondió con una sonrisa.

Malina bajó la cabeza avergonzada, su rostro se tenía de rojo mientras sonreía con una timidez que aún le sorprendía sentir en presencia de Isabella.

— ¿Estas segura de que estas bicicletas aún existen? —Isabella asintió tomando la delantera.

— ¡Por supuesto! Nuestros padres son demasiado sentimentales para tirar las cosas con las que jugábamos de niñas.

Finalmente, llegaron al cobertizo. Las puertas chirriaron al ser empujadas por Isabella, y una ola de polvo hizo arrugar sus narices. El lugar se sumió en completa oscuridad; Malina e Isabella avanzaban con precaución hasta que esta última logró encontrar el interruptor. Al encenderlo, una débil luz iluminó apenas una parte del cobertizo.

Isabella se acercó a las sábanas blancas que escondían algo. Con determinación, la morena agarró una esquina y tiró con fuerza, haciendo que se levantara una nube de polvo que la hizo estornudar. Una vez que el polvo se disipó, Malina pudo ver las bicicletas, pero lo que realmente captó su atención no fue su tamaño ni su brillo, sino una bicicleta más pequeña y azul que estaba junto a ellas.

Isabella tuvo una reacción similar, ambas reconocieron la bicicleta de Oliver y se vieron inundadas por recuerdos que aún dolían en lo más profundo de sus corazones.

— ¿Olvidaste que ya no somos unas niñas? Siento que no avanzaremos ni un kilómetro sin que una de estas pequeñas se rompa —la voz de Malina, temblorosa por los recuerdos, rompió el silencio en un intento por distender el ambiente.

— ¡Oye! Ten un poco de fe, es lo mejor que podemos hacer después de pelearnos con el chico del auto —Malina rodó los ojos ante la mención del chico.

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