Capítulo 4

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La ciudad de Etteria era tan grande como contaban los viajeros que llegaban a Alyara y tan colorida como se decía de ella en los grandes libros de historia de la escuela. Desde nuestra posición se podía ver el palacio. Y era enorme. La luz del Sol rebotaba en sus muros que parecían hechos de ¿cristales? Sí, eso eran. Cristales de muchos colores. El palacio era hermoso a la vista.

Bajamos la colina y en seguida nos recibió la cuidad; ruidosa y llena de gente. De lo más abrumador que he visto en mi vida. Las calles estaban abarrotadas de personas que iban de un lugar a otro a toda velocidad, chocando unas con otras.

Los niños corrían por las calles y las mujeres se paseaban vestidas con hermosos vestidos hechos de seda, al instante me sentí ridícula con los harapos que traía puestos. En Alyara esta ropa era medio decente, pero no puedo decir lo mismo de esta enorme ciudad.

En cuanto los ciudadanos avistaron que se trataba del príncipe quien recorría las calles en toda su gloria, se acumularon a nuestro alrededor. Los hombres lo miraban con admiración y las mujeres suspiraban al verlo pasar ¿Estas personas tenían idea acaso de lo mal que su amado príncipe trataba a los pueblerinos? Seguro que no.

Al llegar a los muros del palacio nos recibieron más guardias armados, las puertas de la entrada medían casi seis metros de alto y además de ser gigantescas estaban reforzadas.

Una vez dentro no volví a ver al príncipe, quien desapareció mientras yo miraba cautivada cada esquina de esos muros que me parecían realmente maravillosos. Me condujeron por un amplio pasillo y subí varios pisos hasta llegar a una gran sala.

Era enorme y tenía un techo muy alto con unos ventanales de cristal verdaderamente hermosos y el piso era de enormes tablones de madera tallados con figuras en ellos. Supuse que ese era el salón del trono, más que nada por el gran y majestuoso trono que se encontraba centrado al fondo de la sala, había dos más a cada lado. Los tronos de los príncipes herederos, pero estos eran más pequeños, uno desde una plataforma más alta que el otro, dicha plataforma era casi imperceptible, pero estaba ahí, muestra de que, solo uno de ellos heredaría la corona y con ella el reino.

Pasé unos minutos sola y en silencio admirando los detalles de las paredes y entonces se abrieron las puertas una vez más y entró el chico peli rojo del cual no sabía el nombre, este anunció:

-Su majestad el rey, Arnold, de Etteria. - Casi al instante atravesó las mismas puertas un señor de unos sesenta y siete años y de baja estatura, su cabello era casi blanco por las canas, pero aún se avistaban algunos cabellos negros rebeldes. Vestía una casaca gris que hacía juego con sus ojos del mismo color y un pantalón negro con unas botas que lo hacían ver más alto.

Le seguía otro hombre, muy alto, aunque no tanto como Aaron, también lucia mayor que él. Su cabello era completamente rubio y tenía los ojos azules, muy parecidos a los de... Este era el otro príncipe, seguro.

-Así que tú eres Margoth. -dijo el rey.-Eres tan hermosa como tu madre-Espera ¿Qué? ¿mi madre? ¿Qué podía saber el rey sobre mi madre? -Y debo esperar que no te inclines ante nadie, como ella.

Una de las pocas cosas que me enseñó mi padre antes de morir, fue a no hacerle reverencias a nadie, dijo que mamá lo querría así. También dijo que la realeza es complicada, pero que estando entre ella, no debía demostrar flaqueza y mucho menos debilidad. ''El título de noble no los hace ser mejor que nadie''.

En cierto momento el rey volvió a hablar.

-Supongo que tienes muchas preguntas, las cuales responderé con mucho gusto, esta noche. Ahora deberías tomar un baño e intentar dormir, ha sido un largo viaje. -El rey hizo un gesto exagerado como si recordara algo importante. - ¿Tienes hambre?

-Seguro que sí. - Dijo el príncipe Aaron entrando también en la sala del trono. - No ha comido nada de lo que le dimos en todo el camino, debe estar muriéndose de hambre.

Y era verdad, mi estómago no dejaba de retorcerse, pero él me había interrumpido y contestado por mí, así que le dedique una mirada agria.

Entonces el rey se giró hacia el chico de antes y le dijo:

-James, lleva a mi invitada a su habitación y asegúrate de que no le falte nada. También dale algo de comer. - Con eso y con una sonrisa amigable salió y me dejó con los príncipes y con James.

-Señorita. -Se dirigió a mí el chico -Sígame por favor.

No dudé ni un segundo en seguirlo. Si un príncipe ya era lo suficientemente insoportable, entre los dos podían hacerme picadillo allí mismo.

Después de unas cuantas salas, más escaleras y de que todos los que andaban por allí me miraran con caras raras, llegamos a un pasillo donde no había nadie. Se podían ver tres puertas, dos en ambas paredes a los lados y una al final del pasillo, justo en esa se detuvo el tal James. Cuando la abrió para mí, me quede impactada por quinta vez ese día.

Alas de oscuridadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora