Capítulo 25

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Dicen que estar enamorado es sentir mariposas en el estómago cada vez que piensas en esa persona. Que tu cuerpo tiembla no solo a su contacto, sino también con solo su presencia. Dicen que es cuando tus pensamientos no tienen un rumbo fijo si estás a su lado y que las palabras no te salen o se enredan en tu boca antes de salir. Dicen que el amor es maravilloso, ya que la dicha y el sufrimiento van juntos de la mano, danzando su hermosa armonía sin importarles demasiado si es adecuado que dos sentimientos tan diferentes den lugar a otros miles resumiéndolos en uno solo; amor.

Para mí, enamorarse es caerse una y mil veces y aun así sentir que volverse a levantar tiene sentido, porque hay alguien tendiéndote su mano. Enamorarse llega a ser tanto la fuerza como el desgane con que afrontas los días esperando a esa persona. Para mí, el amor es ese sabor a hierro que deja la sangre en tu boca luego de cada batalla vencida y es también la satisfacción con que despiertas cada mañana pensando en que vas a verle, o mejor aún, que cuando abras los ojos ya estará frente a ti. 

¿Cómo describirías lo que se siente al despertar en una hermosa mañana primaveral y estar rodeada por los brazos del hombre más apuesto de los 5 Reinos? Porque eso es lo que sentí al abrir los ojos y verle allí, dormido, envolviéndome en un cálido abrazo, sosteniéndome como si en cualquier momento pudiera escapar.

No pude disfrutar mucho de verlo dormir porque luego de un minuto abrió los ojos y sonrió de la manera más bella posible.

-Buenos días. Sigues con esa mala costumbre de espiarme. –me ruboricé al instante. Su voz es demasiado ronca al despertar.

-¡No te estaba espiando! –me defendí sonriéndole y pegándole como pude con mis puños en el pecho. -¿Qué quieres que haga si despierto y estás en mi campo de visión?

Me miró directamente a los ojos y el rubor que iba desvaneciéndose volvió a cobrar fuerzas. ¡¿Cómo es posible que haga eso con solo mirarme?! Le sostuve la mirada todo lo que pude (dos segundos) y luego la desvié al techo. Entonces él aprovechó para besarme. 

¡Un beso matutino de Aaron Clark! ¡Qué maravilla!

Jugó con mi lengua y apenas me dejó tomar aire cuando una vez más atrapó mis labios, esta vez más lento, dando rodeos, como si quisiera saborear cada espacio de mi boca. 

Con un ágil movimiento se colocó encima de mí, poniendo los codos a ambos lados de mi cabeza sobre la almohada. Tragué en seco cuando sus caderas chocaron con las mías y pude sentir como su entrepierna latía sobre mi parte más íntima.

-Estoy así desde anoche. Al dormirme pude calmarme un poco pero cuando desperté y vi tu rostro –suspiró de la forma más sensual del mundo. –y sentir tus senos contra mí, creo que no voy a aguantar mucho más Margoth.

¿Por qué me habla de esa forma? ¿desde cuándo es tan sucio? No tengo que decir de qué color me puse porque lo realmente inquietante era su miembro contra mí y la humedad que estaba surgiendo entre mis piernas. 

Capturó mi boca otra vez en un beso que era puro fuego. Sentía que me quemaba en todos sitios cuando una de sus manos comenzó a bajar por todo mi cuerpo, tocándome por todas partes. Primero mi cuello, luego mis senos, mi cintura y caderas y se detuvo al llegar a la altura de mi pelvis. 

 Separó nuestros labios y me miró a los ojos, buscando permiso. Yo solo asentí con la cabeza.

Entonces su mano separó mis piernas y apartó la delicada ropa interior. Solté un pequeño gemido cunado sentí el contacto de la piel de sus dedos con ese lugar donde nunca nadie había osado tocar. Al escucharme solo sonrió y volvió a besarme. 

Sentí sus dedos moviéndose gentilmente y me sobresalté cuando introdujo uno. Me sorprendió mucho, pero me gustaba. 

Luego puso otro más dentro y de un momento a otro la puerta de la habitación se abrió bruscamente.

Alas de oscuridadHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora