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El brillo azulado y helado de la pantalla del teléfono rasgó la penumbra de la oficina, proyectando sombras afiladas sobre las facciones angulosas de Luke. El nombre parpadeó un par de segundos en la interfaz antes de extinguirse por completo:

Emma Belier. Llamada rechazada.

Cualquier otro hombre habría arrojado el aparato contra la pared o habría dejado escapar un exabrupto lleno de frustración. Luke, en cambio, no movió un solo músculo de la cara. Una sonrisa lenta, helada y siniestramente calculada empezó a curvarle las comisuras de los labios, una expresión que jamás llegaba a tocarle los ojos. Dejó el móvil sobre la madera oscura del escritorio con un movimiento pausado, casi elegante, sin emitir el más mínimo ruido. No había gritos en esa habitación, no había objetos rotos ni un solo gesto que delatara el torbellino que comenzaba a gestarse bajo su pecho. Había aprendido hacía mucho tiempo que la rabia estruendosa era torpe e inútil; la verdadera furia, la que destruía vidas de forma impecable, se alimentaba del silencio absoluto. Era infinita y letalmente más efectiva cuando nadie la veía venir.

Lentamente, deslizó los dedos hacia el tirador de bronce del cajón superior y lo abrió sin prisa. Alineadas con una precisión casi enfermiza, yacían varias fotografías instantáneas que había ido acumulando con paciencia. En la primera, Emma Belier sonreía a la cámara con esa luz tan suya que solía desarmarlo; en la segunda, Connor mantenía su habitual aire de superioridad intacto; y en la tercera, ambos aparecían juntos, capturados a distancia durante la gala benéfica de la semana pasada. Emma lucía radiante con ese vestido oscuro, y Connor la sostenía de la cintura con una familiaridad que le provocaba a Luke una punzada helada en el estómago.

Pasó la yema del dedo sobre el rostro de Emma Belier, acariciando el papel fotográfico con una delicadeza escalofriante antes de hablarle al vacío de la habitación.

-Así que decidiste dejarme, Emma... -murmuró con la voz rasgada, dejando escapar una risita baja que helaba la sangre-. Qué valiente te has vuelto de repente.

Tomó una pluma de tinta negra que descansaba junto al tintero y la destapó con parsimonia, disfrutando del leve chasquido metálico del capuchón. Sin perder esa sonrisa gélida, apoyó la punta sobre el papel y trazó una línea firme sobre el rostro de Connor, rasgando ligeramente la superficie. Una vez. Dos veces. Tres veces. La tinta negra cubrió la cara de su rival hasta borrarlo por completo de la toma, convirtiéndolo en una sombra anónima. Satisfecho con el resultado, guardó la fotografía en el fondo del cajón, lo cerró con un golpe seco y se acomodó los puños de la camisa.

Un par de golpes firmes retumbaron al otro lado de la puerta de roble.

-Pasa -ordenó Luke, recuperando al instante su tono impecable.

Un hombre de traje oscuro y presencia imperceptible se adentró en la oficina, caminando con pasos amortiguados por la moqueta. Se detuvo a dos metros del escritorio, manteniendo la vista baja en un gesto de respeto absoluto.

-Señor... encontramos exactamente lo que pidió -anunció el subordinado sin rodeos.

Luke apenas levantó la mirada, entrelazando los dedos sobre la mesa de madera.

-¿Y bien?

-Connor estuvo esta mañana en el aeropuerto internacional -continuó el hombre, sacando un informe preliminar-. Fue a despedir a una chica y se aseguró personalmente de que abordara el vuelo transatlántico. Su nombre es Charlie Evans y su destino final es Londres.

Luke inclinó ligeramente la cabeza, procesando la información como un jugador de ajedrez analizando el movimiento de su oponente. La chispa de una nueva idea comenzó a encender sus pupilas oscuras.

Solo Quiero Que Me Ames.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora