Las peores decisiones empiezan con un "¿qué podría salir mal?"
Tengo una teoría perfectamente elaborada y respaldada por la ciencia.
Las personas son estúpidas.
No todas, claro. Solo un noventa y nueve por ciento. Y justo en el centro de ese porcentaje, en el podio de honor, con una corona de tonta y una banda que dice
"¿Por qué me pasa esto a mí?" estoy yo.
Porque una persona inteligente, funcional y con un gramo de preservación personal estaría en su casa. En pijama. Viendo una maratón de series tristes, comiendo papitas y dejando que el mundo exterior se destruya solo.
Pero no. Aquí estoy. En un supermercado a las ocho de la noche, atrapada en el multiverso del drama ajeno.
Mi misión oficial de hoy era ser la "amiga de apoyo". Emma Belier acaba de terminar con su novio psicópata -una historia larga, llena de angustia y trauma que merece su propia serie de tres temporadas- y mi deber moral era sacarla de su habitación para que no terminara hablándole a las paredes.
¿El problema? Que para despejarse, Emma decidió que necesitábamos la reserva alimenticia de un pequeño país en vías de desarrollo.
-¿De verdad necesitamos cinco bolsas de papitas? -pregunté, empujando un carrito cuya rueda delantera derecha estaba poseída por un demonio y hacía un insoportable clac, clac, clac a cada paso.
-Sí -respondió Emma sin pestañear.
-¿Tres litros de helado de chispas de chocolate?
-Sí.
-¿Diez paquetes de gomitas en forma de osito y una caja de cereal que cuesta la mitad de mi patrimonio?
Emma se giró lentamente, mirándome con una solemnidad digna de un funeral de estado.
-Mack. Estoy atravesando una ruptura traumática. Mi alma está rota.
Miré el carrito. Miré a Emma.
...No había argumento posible contra eso.
-Está bien -suspiré, lanzando una bolsa extra de gomitas al montón-. Que el dios de la glucosa nos perdone.
Avanzamos a paso de tortuga por el pasillo cuatro. La rueda del carrito seguía protestando como si la estuvieran torturando. Yo estaba ocupada calculando cuántas calorías íbamos a consumir antes de medianoche cuando, de pronto, el universo decidió que mi vida no tenía suficiente comedia barata.
-¡Mack!
Cerré los ojos. Todo mi cuerpo se tensó.
No. No. Por favor, Dios, no.
Reconocía esa voz. Era imposible no reconocerla. Tenía ese tono absurdamente alegre que solo le pertenece a la gente que no tiene deudas, no sufre de insomnio y duerme ocho horas diarias.
-No mires -le susurré a Emma, congelándome en mi sitio.
Emma frunció el ceño, sacando una bolsa de galletas del estante.
-¿Qué? ¿De qué hablas?
-Sigue caminando. Haz como si fueras ciega. Si no lo miramos, no existe. Es como un T-Rex.
-¡Mackenzie!
Ay, pero qué tipo tan insistente.
Me giré con la velocidad de una estatua de mármol, intentando poner mi mejor cara de "te odio a ti y a todo lo que representas"
Y ahí estaba él.
Alex.
Apareció al final del pasillo como una especie de modelo de catálogo que se equivocó de dirección. Llevaba una caja gigante de cereales bajo un brazo y un paquete de papel higiénico de veinticuatro rollos bajo el otro. Era tan ridículamente grande que el paquete de papel apenas le dejaba ver el camino. Parecía un cachorro gigante de raza cara que se había escapado de su casa y había terminado en la sección de abarrotes.
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Solo Quiero Que Me Ames.
Não Ficção《Una oportunidad, no hay más nada que decir...solo una.》 Mientras tanto, él seguía intentándolo, pequeño gesto tras pequeño gesto, sin rendirse. Sabía que debía tener paciencia. En su interior, creía que un día ella permitiría que su amor llegara a...
