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Me gustas...








[Connor...]

No podía creer lo que estaba viendo. Allí estaba ella, en el centro de la pista, bailando con otro tipo como si no le importara nada. Su sonrisa, sus movimientos, todo en ella parecía destinado a provocar. Y lo estaba logrando.

Al principio intenté ignorarlo. Fingí que no me afectaba, que no me importaba. Pero cada vez que giraban, cada vez que su risa alcanzaba mis oídos, algo dentro de mí se encendía. Era como una chispa que no podía apagar, una furia que me quemaba desde adentro.

Cuando la vi mirarme, con esa expresión de desafío, supe que lo estaba haciendo a propósito. Y entonces perdí la paciencia.

Cruzando la pista en un par de zancadas, llegué hasta ellos. El chico apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la tomara de la mano y la apartara de sus brazos con una firmeza que no admitía discusión.

—Ya es suficiente —le dije, mi voz baja pero cargada de enojo.

—¿Connor? ¿Qué estás haciendo? —protestó Emma, intentando soltarse, pero no se lo permití.

No dije nada más. Simplemente la tomé por la cintura y la levanté, casi al estilo de esas princesas que tanto detesto en los cuentos de hadas. Sentí cómo sus manos intentaban apartarme, pero la ignoré. Caminé directo hacia las puertas que llevaban al balcón, con ella en mis brazos y la sangre hirviendo en mis venas.

La brisa fría de la noche me golpeó el rostro cuando salimos al balcón. La luna iluminaba el espacio con una luz tenue, suficiente para ver su expresión de incredulidad y furia cuando finalmente la bajé, dejándola de pie frente a mí.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —me espetó, cruzando los brazos mientras me miraba con fuego en los ojos.

La miré, y por un momento no supe qué decir. Había tantas emociones revoloteando en mi interior que apenas podía procesarlas. Celos, irritación, frustración... y algo más que no quería admitir.

—¿Qué estoy haciendo? —repetí, mi voz está llena de sarcasmo—. ¿Qué estás haciendo tú, Emma?

Ella abrió la boca para responder, pero la corté, dando un paso más cerca de ella.

—¿Crees que puedes jugar conmigo? ¿Crees que no me doy cuenta de lo que intentabas allá adentro?

Sus ojos se abrieron un poco, sorprendida por mi tono, pero no retrocedió. Emma nunca retrocedía, y eso era algo que siempre había admirado de ella... y que ahora mismo me estaba volviendo loco.

La brisa levantó un mechón de su cabello, haciéndolo bailar bajo la luz de la luna. Mi mirada se suavizó por un instante, pero el nudo en mi pecho seguía ahí.

Solo Quiero Que Me Ames.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora