INTRODUCCIÓN

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Muchas personas pasan su vida entera sin conocer su verdadera pasión. Otras, por el contrario, saben cuál es desde que son muy pequeños.

Yo entraba en el segundo grupo, ya que a mis 7 años de edad adoraba cantar.

Cantaba mientras estudiaba, mientras me bañaba y también mientras cepillaba mi cabello dorado, justo como lo hacía en este momento.

—¿Debería cortar mi cabello? —hablé, mirando mi reflejo en el espejo de la sala de estar—. Me pregunto cómo le gustará más a él... —divagué con las mejillas sonrojadas, pensando en cierto niño de 9 años que albergaba mis pensamientos hace mucho tiempo.

—¡Phoebe! —gritó una voz al atravesar la puerta principal.

Esa voz siempre me ponía los pelos de punta...

Y, a juzgar por su tono, no estaba de buen humor, así que rápidamente fui a esconderme detrás del sofá, aprovechando que no me había visto aún.

Con suerte ni se enteraría de que estaba aquí...

—¡¿Dónde estás, mocosa?! —rugió, arrastrando las palabras, mientras yo abrazaba mis rodillas cerrando los ojos con la esperanza de que no notara mi presencia o, incluso mejor, que olvidara mi existencia—. ¿Te estás escondiendo de mí? —inquirió a lo lejos. Al parecer, se estaba dirigiendo a mi cuarto.

—Psst, Pheebs... —susurró alguien desde la ventana, llamando mi atención.

—¿Caleb? —musité al ver a mi mejor amigo, aliviada.

—Ven rápido... Antes de que note que estás en casa... —me pidió, ayudándome a salir por la ventana junto a Zack, mi otro mejor amigo—. Esa estuvo cerca... —comentó Caleb cuando logré escapar de mi casa, divertido.

—Gracias por venir, chicos. —Sonreí.

—Siempre estaremos a tus servicios —añadió Caleb, besando el dorso de mi mano mientras me contemplaba con sus hermosos ojos azules, provocando que se ensanchara mi sonrisa.

Él solo tiene 7 años, pero estoy segura de que cuando crezca será todo un picaflor.

—Deberíamos irnos de aquí —sugirió Zack, ceñudo e indiferente ante la escena.

—De acuerdo —cedí, sintiéndome regañada por su oscura e inquisidora mirada. No sé por qué Zack siempre me hacía sentir así. Tal vez porque era dos años mayor que Caleb y yo—. ¿Y qué estaban haciendo? —indagué mientras caminábamos por nuestro vecindario.

—Nada —dijo Zack, desganado.

—Yo estaba jugando con Clara cuando Zack me avisó... —respondió Caleb.

—¿Te avisó? —repetí—. ¿Cómo sabías, Zack? ¿Estabas vigilando mi casa? —pregunté, curiosa.

—Claro que no, solo vi por casualidad —gruñó, esquivando mi mirada color avellana, incómodo.

—Entiendo... —musité, decepcionada—. ¿Y cómo está Clara? —indagué por la hermana pequeña de Caleb—. Hace varios días que no juega con nosotros —puntualicé.

—Papá le compró un teclado y ahora dice que quiere ser pianista —explicó él.

—¡Qué genial! —emití, emocionada.

—Estoy seguro de que será la mejor pianista del mundo —opinó Caleb, orgulloso de su hermanita.

—¿Tus padres la apuntarán a clases de piano? —indagó Zack—. Aunque solo tiene 4 años, tal vez sea muy pequeña...

—Papá dijo que lo hará pronto cuando comience su nuevo negocio —comentó—. Dice mamá que tendremos más dinero y que nos compraremos una casa más bonita. A ella no le gusta mucho la que tenemos ahora...

El secreto más evidente [R2] Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora