Con el pasar de los días llegó otra grandiosa fecha: 31 de diciembre. Todos amaban este día porque presagiaba un nuevo y maravilloso comienzo; pero para mí también era especial porque, al llegar la medianoche, se cumpliría otro año del nacimiento de la persona que más quería.
—No entiendo por qué estás tan feliz —se quejó Zack poco antes de las 12, ceñudo.
—Porque faltan solo minutos para tu cumpleaños y para Año Nuevo —repliqué, entusiasmada, caminando de un lado a otro de la sala de estar mientras él me contemplaba desde el sofá.
No entiendo cómo no le emociona su propio cumpleaños. Yo amo cumplir años.
Será así hasta que la edad se ponga seria.
—Cumplir años solo te aleja de la vida y te acerca a la muerte —argumentó, sombrío.
—Es la visión más pesimista que he escuchado acerca de los cumpleaños —repliqué con las manos en la cintura.
—¿En qué artículo de la Constitución dice que debo estar feliz por ponerme más viejo? —rebatió.
—¿Qué tal si bailamos para olvidar que envejecemos y que la vida se escurre entre nuestros dedos? —sugerí, ofreciéndole mi mano, la cual miró, dubitativo.
—No me gusta bailar —declinó mi propuesta, desviando la mirada.
—Vamos, solo estoy yo —lo animé, tomando su mano para obligarlo a levantarse del sofá—. No tienes por qué sentir vergüenza —le recordé, buscando alguna canción en mi móvil.
Finalmente opté por If the world was ending de JP Saxe y Julia Michaels, puesto que era lenta y fácil de seguir; pero, sobre todo, por su letra...
Tímidamente me acerqué a un reacio y perdido Zack para depositar mi rostro sobre su pecho y moverme lentamente al ritmo de la música mientras tarareaba la canción, preguntándome si realmente no fuimos hechos el uno para el otro... y, sobre todo, si el mundo realmente acabara ahora, ¿él se quedaría junto a mí...?
Pocos segundos después Zack tomó mi cintura y comenzó a seguirme con pasos vacilantes, haciéndome sonreír al recordar la primera vez que bailamos en la azotea del bar.
Es curioso...
Ha pasado mucho tiempo, pero su corazón late igual que en ese entonces...
Nos mantuvimos inmersos en la íntima atmósfera moviéndonos lentamente hasta que fuimos interrumpidos por el estruendoso ruido de los fuegos artificiales que anunciaban el nuevo año.
—¡Feliz año nuevo, Zack! —exclamé, sonriente, alejándome de él—. ¡Y feliz cumpleaños! —agregué.
—Sí, tengo 22. Qué emoción... —respondió, sarcástico e inexpresivo, alzando su puño en un gesto de fingido entusiasmo, lo cual ensanchó mi sonrisa.
Justo como dice Cale: es nuestra dulce amargura.
—¿Sabes qué es lo único bueno de cumplir años? —Ante su interrogante negué con la cabeza—. Los regalos.
—Pero nunca te gustaron los regalos —puntualicé, confundida.
—Aun así hay algo que puedes darme... —refutó, cambiando su tono neutral por otro más... ¿seductor?
—¿De qué hablas, Zack? —pregunté con una sonrisa nerviosa. ¿A qué venía su cambio de actitud?
—¿De qué crees que hablo...? —contestó, arqueando una ceja mientras avanzaba en mi dirección.
—No respondas a mi pregunta con otra pregunta —lo regañé, intentando procesar el hecho de que me estaba... ¿coqueteando?
—Entonces no deberías hacer preguntas cuya respuesta conoces... —rebatió.
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El secreto más evidente [R2]
RomansTrilogía REFORMERS. Libro 2. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Desde pequeña Phoebe Warm sufrió la amarga experiencia del desamor, ya que creció en un lugar sombrío e infernal. En medio de su caótico mundo solo...
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