Capítulo 12: Una pequeña luz

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El domingo despertamos muy temprano para ensayar la canción que tocaríamos esa noche. Debíamos trabajar arduamente para mantener y aumentar la fama que habíamos alcanzado en el local.

—Chicos, ya debo irme —emitió Caleb cuando concluimos el ensayo—. Bel debe estar esperándome.

—¿Se verán hoy de nuevo? —indagué, esperanzada. Ya eran mi pareja favorita.

Se conocen hace una semana, pero sabemos que terminará en matrimonio.

—Sí. Ayer no pudimos concluir el trabajo porque mis padres llegaron. Mi madre hizo una escena... Trató muy mal a Bélgica —relató, avergonzado.

—Lo siento tanto, Cale —respondí, frotando su hombro para consolarlo.

—Ni siquiera pude contarle la verdad a Bel. A juzgar por su expresión curiosa cuando mis padres se fueron diría que estaba ansiosa por preguntar cuál fue el motivo de la actuación de mi madre...

—¿No confías en ella? —indagó Zack desde su batería.

—No es eso —aclaró con la mirada baja—. Es que... —murmuró con tristeza.

—¿Te avergüenza? —pregunté, comprensiva.

—Sí —confesó.

—Aún no conozco bien a Bélgica; pero, por lo que nos has contado de ella, seguramente te entenderá. Estoy segura de que no te juzgará —opiné.

—No lo sé, Pheebs. Ella me agrada mucho. Nunca me encariñé con alguien tan rápido —admitió con una pequeña sonrisa.

Era obvio que el simple hecho de pensar en Bélgica le iluminaba el día. Por eso me caía tan bien.

—Y es precisamente por eso que tengo miedo de arruinar todo —continuó bajo nuestra atenta mirada—. Ya sufrió por mi culpa debido a que le robé en el pasado. ¿Qué pensaría de mí si descubre lo que hice 2 años atrás? —preguntó con ojos vidriosos, tomando asiento en una banqueta de madera que estaba en el garaje de la casa de Zack.

—Cale, no fue tu culpa... —le recordé.

—Sí lo fue... —replicó con la mandíbula tensa y la mirada llena de rabia.

Los constantes reproches de sus padres y la culpa acumulada durante estos dos últimos años se habían vuelto una tortura para Caleb y Zack y yo no podíamos hacer nada para ayudarlo. Solo él podía salir de ese abismo en el que estaba cayendo.

—No digas eso, Cale... —le pedí.

—Es la verdad —opinó bajo mi mirada afligida. Odiaba que fuera tan duro consigo mismo.

Por eso solía ser relajado y divertido. Fingir que nada le importaba lo suficiente se había vuelto un método de escape porque si permitiera que la ira, la culpa y la tristeza que lo embargaban salieran a la superficie, se asfixiaría. A pesar de su bella sonrisa, Caleb podía ser muy autodestructivo.

—Debo irme —nos informó, tomando su patineta y alejándose con grandes zancadas hasta desaparecer.

—Está muy perturbado —comenté, preocupada.

—Incluso olvidó llevarse su guitarra —puntualizó Zack mientras nos dirigíamos hacia la sala de estar.

—No me gusta verlo así. Siento que una parte de mí se apaga cuando Caleb no sonríe —lamenté.

—Esa es la forma que Caleb encontró para sobrellevar su dolor: fingir estar feliz —dijo Zack, pensativo.

—¿Crees que sería más sano para él dejar salir su sufrimiento? —indagué, tomando asiento junto a él en el sofá.

El secreto más evidente [R2] Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora