Capítulo 32: Adicción

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Al amanecer, contemplé el techo mientras los recuerdos asaltaban mi mente. La noche me había encantado, pero fue una felicidad fugaz.

Ahora tenía miedo de mirar a mi lado y no encontrar a Zack, de salir y discutir con él, de reafirmar que no le importo, de concluir que soy solo una diversión para él...

—¿Zack? —murmuré al verlo sentado en el borde de la cama, sin camisa y de espaldas a mí.

Siendo sincera, experimenté alivio porque estaba convencida de que habría desaparecido cuando despertara; pero que esté aquí aún es una buena señal... ¿no?

—Despertaste... —habló segundos después sin mirarme.

—Buenos días —saludé, sentándome en la cama—. ¿Qué sucede? ¿Por qué me miras así? —pregunté, temerosa, cuando se volteó para enfocarme, inexpresivo.

—Porque no quería que llegara este momento —confesó, desencadenando una fuerte opresión en mi pecho.

—Lo sabía... —emití, poniéndome de pie para darle la espalda, cruzada de brazos.

—¿Qué sabías? —indagó, levantándose también.

—Sabía que te volverías a comportar como un idiota —gruñí con un enojo incipiente, girándome bruscamente.

—¿Qué? ¡No! —aseguró rápidamente.

—Era obvio que me volverías a tratar de la misma forma —parloteé entre el dolor y el arrepentimiento—, pero decidí ignorar mi lado racional y dejarme llevar...

—Te equivocas —me interrumpió, colocando sus manos sobre mis hombros para que me tranquilizara.

—¿Qué? —murmuré, sosteniendo su mirada llena de determinación.

—No me volveré a comportar así nunca más... —prometió—. No mereces que te trate de esa manera... ni yo ni nadie...

—¿Eso quiere decir que tú...? —musité, esperanzada.

—Quiere decir que yo... —respondió entre balbuceos—, realmente lo disfruté... —completó, dejándome ligeramente sorprendida y también un poco avergonzada. No esperaba semejante confesión—. No tienes una idea cuánto... pero...

—¿Pero? —repetí como si esa palabra hubiese sido un estruendoso ruido en medio de una sinfonía.

—No quiero una relación —contestó y yo sonreí con escepticismo, apartando sus manos de mis hombros.

—¿O sea que solo quieres follar conmigo y al día siguiente fingir que nada sucedió? —pregunté, incrédula—. Me estás diciendo lo mismo que la primera vez con palabras más bonitas.

—No, Pheebs... —replicó, frustrado.

—¿Qué sucede? ¿Le tienes miedo al compromiso? —inquirí, intentando entenderlo—. ¿O simplemente no soy lo suficientemente buena para ser tu novia?

—No es eso... —refutó, pasando su mano por su rostro con frustración.

—Entonces, ¿qué es? —rebatí, impaciente—. ¿Cuál es ese maldito secreto que te impide acercarte a mí?

El secreto más evidente [R2] Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora