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Sam se estremeció entre los brazos del payaso, intentó soltarse, pero era inutil.
Con el tiempo este dejó de llorar. Como si de alguna manera la compañía del niño lo hubiera consolado.
Del terror se orinó.
De pronto la presión se redujo, lo que le permitió respirar.
El payaso miró hacia abajo confuso.
Luego hizo un cómico gesto como si se le hubiese ocurrido una idea.
Se dio la vuelta y se marchó.
Sam dudó si debería seguirle o escapar.
No le dio tiempo a decidir, el payaso volvió con unos pantalones algo desgastados y antiguos, pero sorprendentemente de su talla.
Acto seguido se tapó los ojos.
Esa era, supuso, la señal para que se cambiara.
Se quitó los pantalones mojados y los sustituyó por los secos.
El payaso se destapó los ojos.
Se llevó la mano a la boca.
El infante retrocedió. El payaso extendió la mano hacia su mejilla.
Le dibujó con el dedo y saliva una sonrisa roja.
Se rió de forma errática.
Sam pese a estar asustado sentía cierta compasión de la pena emanando del payaso, con su sonrisa y sombra de ojos azules.
El muñeco Pierrot le observó a los ojos con cierta confusión.
Sentía lástima de aquel muñeco, pese a que los muñecos no tenían sentimientos, aunque tampoco se movían por sí solos, sentía lastima de aquella casa, que seguramente había sido deslumbrante tiempo atrás y sentía lástima, aunque no lo sabía todavía, por las pobres almas que habían visto el fín de su vida en aquella y ahora espantosa mansión.
Sentía tanto que rompió a llorar ante la confusa mirada de Pierrot y le abrazó.
Al contrario de lo que pensaba Sam el payaso le devolvió el abrazo dulcemente, casi con el cuidado y afecto de una madre.
El infante le hizo una primera pregunta movido por la curiosidad.
-¿Qué pasó aquí?
El payaso se encogió de hombros.
Le hizo otra pregunta.
-¿Quién eres?
Se volvió a encoger de hombros. Estaba claro que le costaba recordar, lo que según Sam era normal al estar tanto tiempo encerrado dentro de una vitrina.
Lanzó una última pregunta intentando ayudar al payaso y de paso salir de ahí e irse con su madre. En casa probablemente su madre le prepararía galletas al horno con trozos de chocolate.
Se le hizo la boca agua al imaginarse las galletas.
-¿Por qué estoy aquí?
A eso su misterioso anfitrión sí tenía una respuesta, aunque a medias, pues el payaso no recordaba ni hablar ni qué o quién era.
Pero tenía una intuición.
Tomó de la mano al niño y  casi lo arrastró fuera de la cabaña hacia la mansión.
Subieron al primer piso.
Frente a las escaleras había una puerta.
El payaso señaló y se tapó los ojos mostrando pavor.
El niño tomó valor y abrió la puerta.
La sala estaba decorada como las alcobas de las princesas de los cuentos que le leía su madre.
Entró y echó un vistazo.
Sobre la cama había una muñeca de porcelana y al lado un armario.
Examinó el armario.
Dentro de él había una réplica de un palacio que él no conocía: el palacio de Versalles.
El payaso por fin entró y señaló la muñeca.
Ella era la razón por la que estaban ahí atrapados.
Examinó la muñeca de mejillas rosadas.
Estaba llena de polvo pero a pesar del disgusto inicial la siguió observando.
Tenía una manivela para darle cuerda en la espalda.
El payaso le indicó que la girara.
Así lo hizo.
-Mi Amor, mi Amor. Juntos pendemos de una rama. Mi Amor, mi Amor nuestro pecado es la soga.-canturreó su siniestra cancioncilla.
Estuvo así veinte eternos segundos, donde parecía que en cualquier momento iba a saltar sobre ellos y cumplir con la letra de la canción.
Entonces se calló.
El payaso y Sam se miraron confusos.
Entonces asustando al pequeño la muñeca dio un paso adelante saltando de la cama.

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