XXVII

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—¿Qué mierda dices? —le interrogó de regreso, frunciendo notoriamente el entrecejo, él le sonrió de forma burlona para fingir confianza porque a fin de cuentas, tan solo estaba apostando todo a una teoría.

Ni sabía qué coño hacía en esos vídeos en realidad.

—A mi no te me vas a hacer el loco —tuvo el descaro de exigir—. Sabes muy bien a lo que me refiero —mientras más ambiguo, mejor.

—No, no lo sé, puto metiche —le hablaba entre dientes, un poco más y lo veía echar espuma por la boca—¿No tienes los cojones para decir las cosas bien?

—Bueno, si tanto insistes en saber —que alguien le diera un premio por su actuación, la sonrisa en su rostro era más falsa que el amor de su madre—. La verdad, en un principio, no me interesabas, pero tras ver ese lado tuyo. Bueno, digamos que mi percepción de ti cambió un poco —hablaba en tono burlón, para luego acercarse y susurrarle en el oído, tirando la casa por la ventana con su apuesta—. Hacía años que no me hacía una paja tan buena.

La primera respuesta que obtuvo fue un empujón, pero con la diferencia de tamaños y fuerza, realmente no se alejó demasiado. La segunda respuesta que obtuvo fue una ráfaga de insultos, a los cuales ninguno dejó de sonreír; debía mantener la fachada confiada, la de que tenía a Dios agarrado de los cojones. Y la tercera respuesta que obtuvo, bueno...

—Eres un maldito enfermo, ojalá te mueras en una puta fosa —era el final de los insultos, con la cara roja, ojos vidriosos y luciendo completamente derrotado; le decía su vecino—¿Cuál es tu user? —le preguntó, entrecerrando los ojos, en tono más bajo, y mirándole cómo quien quiere verlo tragar cianuro.

—¿Para qué? ¿Para que me bloquees? —cuestionó, divertido y un poco más relajado; al parecer sí había acertado—¿Y por qué soy el enfermo? Tan solo soy un consumidor más, uno que ahora disfruta de lo que ofreces.

—No me entiendes, maldito bastardo —¿Es que acaso no se cansaba de insultarlo? —. No te he hecho absolutamente nada y tú solo has decidido atormentarme en cada aspecto posible, invadiendo y acosándome. Estás mal —explicaba, dedicándole una mirada llena de odio—. Eres un ser nefasto.

—Que lindas palabras para decir que no te agrado —respondió con simplicidad, su diccionario no era muy extenso en ningún idioma—. Y te recuerdo, yo no soy problemático a no ser que los problemas vengan a mí; en tu caso —le señaló con desdén—. Llegaste casi gritando a mi puta pared.

—¡¿Y qué con eso?! —le gritó, perdiendo la compostura totalmente—¡No tenías por qué ir tan lejos! —al parecer estaba al borde de las lágrimas... Quizá se estaba pasando tan solo un poco...

Podría decirle la verdad que solo había dicho por decir, que nunca vió nada...

O podría seguir viéndolo sufrir por un rato más.

—Bueno, una vez una psicóloga me dijo que tenía tendencias antisociales, tal vez tenga que ver con eso —confesó con desinterés.

—¡Claro! ¡Tenía que mudarme junto al puto psicópata de turno! —gritó el otro, ¿Él es el psicópata? Ja, que tuviera la mala suerte de cruzarse con los locos que él ha conocido. Vio cómo su adorable vecino iba a quedarse calvo revolviéndose el pelo con desesperación, para luego respirar profundo un par de veces hasta calmarse, lo que duró un buen par de minutos—. Muy bien, ¿Qué quieres? —preguntó al fin después de un rato.

—Nada —dijo, arqueándose de hombros, realmente no quería más que verlo sufrir un rato para desquitarse; y ahora que lo tenía en esa posición, algo en el fondo de su mente no se sentía muy cómodo con el panorama; la verdad le bailaba en la punta de la lengua.

222Donde viven las historias. Descúbrelo ahora