02| Abuelas, Libros Eróticos y Esposas de juguete.

1.4K 87 13
                                        

Maia.

Conozco a Jeon Jungkook desde la secundaria.

Es dos años mayor que yo, así que nunca coincidimos en clase, pero solía cruzármelo por los pasillos o verlo garabateando distraído en sus cuadernos en el comedor. Le gustaba dibujar, y lo hacía muy bien, además. Yo siempre me sentaba sola en una de las mesas del fondo, intentando pasar desapercibida. Me pasé un año mirándolo desde lejos. Nunca me atreví a hablar con él. No soy el tipo de persona que es capaz de plantarse frente al chico que le gusta para invitarlo a salir.

Jungkook siempre me pareció inalcanzable, una de esas personas que, aunque estén cerca, parecen vivir en un mundo aparte.

Lo perdí de vista cuando se graduó y se fue a la universidad. Y en verano oí que había conseguido trabajo en un estudio de tatuajes. También que salía con una chica, Jisoo. Yo estaba con Namjoon por entonces, así que su vida dejó de parecerme relevante... hasta que, hace unos meses, Hanna, mi compañera de piso y mejor amiga, se presentó en mi habitación diciéndome que se había enrollado con un chico. Resultó ser él.

Jeon Jungkook. El artista que escondía la nariz en sus cuadernos en la secundaria se había convertido en el chico con tatuajes que actúa como si tuviera al mundo en su contra. Escuché rumores sobre él. Decían que engañó a Jisoo y que a raíz de eso pasó... todo lo que pasó. Y que desde entonces tiene el alma tan rota que intenta llenarla arrancando pedacitos de las de los demás.

No es el tipo de persona que quiero cerca de mí.

Y, aun así, no dudé en besarlo en la fiesta de anoche.

Fue una locura, lo más absurdo que he hecho en mucho tiempo, y como consecuencia ahora no puedo mirar a Hanna sin sentirme culpable. Ni siquiera aunque esté fumando en mi habitación, a pesar de que le he dicho miles de veces que no me gusta que lo haga.

Al menos ha tenido la decencia de abrir la ventana.

—No me creo que Jungkook estuviera allí —comenta distraída, expulsando el humo de su cigarrillo.

Me tenso, pero intento que no lo note. Sigo centrada en la pantalla de mi portátil. Llevo treinta minutos intentando escribir porque le prometí a mis lectores que tendrían un capítulo nuevo esta semana, pero no puedo sumergirme en la novela cuando lo único que hace mi cabeza es pensar en el beso.

—Maia... —añade cuando no respondo.

La miro. Está apoyada contra el muro de la ventana, rodeándose con un brazo para conservar el calor dentro de su sudadera. Lleva el cabello recogido en un moño descuidado.

—Bueno, sí que estuvo —digo, y vuelvo al documento.

Pero no logro concentrarme. El peso de ese beso sigue ahí, latiendo en el fondo de mi mente. Me esfuerzo por aparentar indiferencia, aunque sé que Hanna no se ha dado cuenta de lo que pasó. Y mientras tanto, lo único que hago es preguntarme cómo terminó todo tan mal, y por qué, por un instante, me dejé llevar por algo tan estúpidamente tentador.

—¿No soy la persona con la peor suerte del mundo? —gimotea Hanna, dejándose caer sobre mi cama—. ¡Nunca va a ninguna fiesta, nunca! Y justo se presenta en esa, cuando yo decido quedarme en casa. El destino es un hijo de puta.

—No te perdiste de mucho —murmuro.

—Oí que pasó la noche con una chica.

Siento cómo se me forma un nudo en el estómago. Las palabras se me traban, y lo único que logro decir es:

—Te mereces algo mejor.

—Ya lo sé. Es un cabrón —dice, apagando el cigarrillo contra el cenicero con más fuerza de la necesaria— pero ojalá vuelva a llamarme esta semana.

INOLVIDABLESHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora