23 | Limites difusos

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Maia.

Cuando abro los ojos, todo está en silencio.

Los primeros rayos de sol se cuelan por las cortinas entreabiertas, convirtiendo la habitación en una danza de sombras anaranjadas. Bostezo, adormilada, y me reacomodo bajo las sábanas calientes. No sé qué hora es, pero no me importa; no me apetece moverme por nada del mundo. La calma que se respira en el dormitorio me resulta familiar, como una canción que has escuchado tantas veces que ya te sabes de memoria.

Jungkook sigue dormido a mi lado. Me he acostumbrado a que él sea lo primero que veo al despertar. Tiene los ojos cerrados, el pelo desordenado y su brazo a mi alrededor. Está tumbado bocabajo, con la cabeza sobre la almohada, y su rostro tan cerca del mío que podría contar mis pecas si estuviera despierto. Con sumo cuidado, acaricio con mis dedos su mejilla, rozando todas esas cicatrices diminutas que, aunque para otros puedan ser «imperfecciones», a mí me gustan.

—Buenos días —murmuro cuando por fin abre los ojos.

Tira de mí para pegarme a su cuerpo y esconde la nariz en mi cuello.

—Buenos días. —Su tono ronco me produce un escalofrío.

Me encanta oír su voz de recién levantado. Su mano se desliza bajo mi ropa y se posa como un hierro ardiendo sobre mi espalda. Nunca había estado en una relación que implicara tanto contacto físico. De hecho, cuando empezamos con esto, no esperaba que Jungkook fuera a ser tan cariñoso conmigo. No solo por todo eso de ser amigos con derechos, sino porque él tampoco parece... ese tipo de chico. Por lo general, es bastante arisco con todo el mundo.

Menos conmigo, claro.

Mentiría si dijera que eso no me gusta.

—¿En qué piensas?

—Tu habitación es justo como me la imaginaba.

Echo un vistazo a las paredes lisas llenas de pósteres, a los cuadernos apilados sobre la estantería y al montón de lápices y hojas con apuntes esparcidos por el escritorio. También hay un espejo junto al armario, aunque eso ya lo sabía; me lo repite cada vez que puede, solo para tontear conmigo.

—¿Te gusta?

—Mucho. —Le enredo una mano en el pelo, distraída. Sus mechones oscuros son suaves entre mis dedos.

—Paso mucho tiempo aquí. El silencio me ayuda a inspirarme para dibujar. Aunque me he propuesto irme al salón más a menudo.

No necesito que me explique la razón. El otro día le dije que creía que su abuela se sentía un poco sola, y estoy segura de que no ha podido sacárselo de la cabeza. Cada vez me cuesta menos entender a Jungkook. Creo que es porque está abriéndose conmigo, poco a poco, como si temiera que, si lo hace demasiado rápido, las cosas pudieran salirse de control.

A mí me da miedo también.

Cada detalle que descubro de él hace que me guste más.

—¿Has dormido bien? —le pregunto.

—Mejor que nunca.

Siempre intento quedarme despierta hasta que él se duerme para asegurarme de que el insomnio no le da problemas, pero ayer caí yo primero. Me alegro de que Jungkook también haya podido conciliar el sueño.

—Si sigues diciendo esas cosas, vas a acabar subiéndome el ego —le advierto.

—¿Crees que he dormido bien por ti?

—¿Por qué iba a ser, si no?

—La película que me obligaste a ver contra mi voluntad me dejó sin fuerzas. Hacerme el duro durante tanto tiempo fue agotador. —Bosteza—. Voy a tener pesadillas durante el resto de mi vida.

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