26: Manos Frias

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Era plena primavera cuando regresó de clases, recogiendo fórmula en su camino hacia atrás. Era una molestia, pero le daba algo por hacer.

— Estoy en casa- soltó al entrar, aún cuando sabía que nadie contestaría. Veía a las personas en las películas decirlo cuando llegaban con su familia, así que él también lo hacía. Saber que había alguien esperando por él al regresar le brindaba algo de paz, aún si era momentánea.

Entró a la habitación, dirigiéndose hacia el bulto envuelto en aquella cobija azul antes de detenerse, observándolo. Algo estaba mal.

— Hey- murmuró, extendiendo una mano hacia la criatura descansando en su cama. Tomó su manita, la sensación fría y dura de su cuerpo confirmando sus sospechas.

Lo miró por largos segundos, una opresión indescifrable creciendo en su pecho.

Sabía que moriría, siempre lo supo.

¿Entonces por qué se sentía así?

Apretó la cobija, un deje de irritación en sus ojos. Su esfuerzo había sido por nada. Creyó que no lograría abandonarlo, que ahora no estaría solo. Creyó que sería suficiente.

Suspiró, tomándolo en brazos. En su camino a la cocina no pudo evitar verse al espejo, sorprendido ante la expresión en su rostro. ¿Por qué fruncía así? Pensó, cambiando su expresión a una de indiferencia.

Sólo era un cuerpo.

Él era bueno lidiando con cuerpos.

...

































Sasaki lo observó por largos segundos, no sabiendo cómo reaccionar.

En verdad era él. La persona que había buscado por meses, que había carcomido su consciencia por tanto tiempo finalmente estaba ahí.

Se puso en pie, avanzando hacia él sin importarle Azumaya o el dolor en su cuello.

— ¿Cómo...?- preguntó, su voz ronca. Lo había buscado por tanto tiempo, y ahora que estaba ahí no sabía que decir.

Takato no le devolvió la mirada, su vista perdida en la pared detrás suyo. Lucia cansado. Su cabello era más largo que la última vez que lo vió, y su ropa colgaba le quedaba más suelta que antes.

Había tantas preguntas que quería hacer, tantas cosas que quería decirle, pero al acercarse notó la figura de alguien más a la distancia, deteniéndose.

Observó el bulto tirado en el suelo, no procesando bien lo que era-o quién era-hasta que volteó a su lado. Takato temblaba, evitando su mirada.

Sasaki corrió adentro, un grito desgarrador resonando por el piso entero.

Takato escuchó como sollozaba llamando el nombre de su hija, sonidos que jamás le había escuchado hacer llenando el lugar.

Miró hacia arriba, encontrándose con los ojos de Chunta. Tenía una expresión difícil de explicar en su rostro.

— Lo hiciste- dijo, el sonido de su voz apenas audible con los gritos de Sasaki.

Takato asintió.

Chunta avanzó hacia él, tomando su mano delicadamente. Ya no eran manos inocentes, pensó Chunta. Estaban sucias, igual que las suyas.

Entrelazó sus dedos con los suyos, aquel pensamiento carcomiendo su mente. Sabía que debía sentirse culpable. Había obligado a Takato a hacer algo inhumano, pero su corazón seguía latiendo acelerado. Ahora estaban conectados de formas que jamás creyó posibles, en especial para alguien como él que jamás había amado a nadie.

— ¿Cómo se sintió?- preguntó, tomando cada pequeña reacción de Takato.

Takato cerró sus ojos, sintiendo el temblor en su cuerpo lentamente desaparecer. La sensación nauseabunda de sus huesos al tronar, el sonido húmedo bajo su delicada piel. Sus manos hubieran guardado el recuerdo. No había vuelta atrás, estaba sucio.

Nana lo había mirado mucho después de quedar inmóvil, la expresión de horror plasmada en su rostro. ¿Sería un castigo de Dios, tener la imagen plasmada en sus párpados?

Sabía que había hecho lo mejor por ella, y aún así...

Apenas y reaccionó cuando Chunta comenzó a caminar, sus pasos firmes y seguros pese a los pasos inseguros y cansados de Takato.

Salieron del edificio, los gritos de Sasaki lentamente desapareciendo a la distancia. Continuaron caminando, aún cuando las luces rojas y azules y el sonido de alarmas rodearon el lugar.

Chunta no volteó si quiera hacia atrás, su agarre firme contra la mano del contrario. Era tan fría, y aún así reconfortante.

Justo ahora lo único que tenía eran sus manos frías, y el conocimiento de que su mundo entero se había reducido a la persona delante suyo.

Tal vez es suficiente.

Pensó, cerrando sus ojos. Pequeñas chispas de agua comenzaron a caer sobre sí, pero no le importó.

Ya estaba en casa.
















































































El epílogo y notas de autor serán este fin de semana, esperen actualización 🙌

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