Una Notificación

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El día del partido había llegado, y la emoción me recorría el cuerpo desde que abrí los ojos

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El día del partido había llegado, y la emoción me recorría el cuerpo desde que abrí los ojos. Me levanté más temprano de lo usual, mi corazón latiendo con fuerza al recordar que, en cuestión de horas, estaría en el Estadio Metropolitano de Barranquilla, viendo a mi selección y, lo más importante, conociendo a Richard Ríos.

Me arreglé rápido, queriendo estar lista para todo lo que venía. Me puse la camiseta amarilla de Colombia, unos jeans ajustados y mis zapatillas blancas favoritas. No podía faltar una gorra para protegerme del sol abrasador de Barranquilla. Me miré al espejo y sonreí. Hoy era mi día.

El estadio estaba lleno de vida cuando llegamos. El ambiente era electrizante. Gente por todos lados, ondeando banderas y cantando el himno de la selección. Caminé junto a mis papás hacia las gradas, pero mi mente ya estaba en el área VIP, donde pronto conocería a los jugadores.

Cuando el partido comenzó, cada pase, cada jugada, sentía que mi corazón explotaba de emoción. Pero lo mejor vino después de los 90 minutos, cuando nos dirigieron a un área exclusiva para los aficionados seleccionados para conocer a los jugadores. Allí estaban, relajados después de un partido intenso, pero aún con esa energía vibrante.

Mis ojos buscaron rápidamente a Richard Ríos, y cuando finalmente lo vi, sentí que el aire me faltaba. Él estaba allí, más cerca de lo que nunca imaginé. Con una sonrisa nerviosa me acerqué y, con las manos temblorosas, le pedí una foto. Richard era muchísimo más alto de lo que pensé, midiendo 1,86 metros, y yo, con mis 1,58, sentía que estaba parada al lado de un gigante.

Con una amabilidad que me dejó atónita, Richard se agachó bastante para ponerse a mi altura y tomar la selfie. El contraste entre nosotros dos era evidente, pero él lo manejó con total naturalidad y con una sonrisa que parecía iluminar todo a su alrededor.

—¿Todo bien? ¿Cómo te fue en el partido? —me preguntó con una cercanía que me hizo olvidar los nervios.

—¡Increíble! —le respondí, casi sin poder creer que estaba hablando con él—. Eres mi jugador favorito, ¡de verdad!

Nos reímos, y antes de irse, Richard me dio un gesto que me dejó aún más impactada.

—No olvides etiquetarme —dijo, guiñándome un ojo.

Salí de allí flotando en una nube. Inmediatamente publiqué la foto en mi Instagram y, por supuesto, lo etiqueté. Mientras subía la imagen, me quedé mirando su perfil unos segundos, admirando cada detalle, y pensando que quizás, solo quizás, él se tomaría el tiempo de verla.

Las horas pasaron rápido, y ya en la noche, acostada en mi cama, revisé el celular como de costumbre. Abrí Instagram, y ahí estaba: una notificación que me hizo saltar de la cama. Richard Ríos no solo había visto la foto, ¡me había seguido de vuelta!

No lo podía creer. Mi corazón se aceleró al ver el pequeño ícono que confirmaba que Richard ahora me seguía. Apreté la pantalla con fuerza, sin querer que esto fuera un sueño. No solo había conocido a mi ídolo, ahora ¡me seguía en Instagram!

Pasé un buen rato mirando su perfil, preguntándome si de verdad se había fijado en mí. Tal vez era solo cortesía, pero eso no me importaba en ese momento. Saber que él había hecho esa conexión conmigo me llenaba de emoción.

Mi teléfono vibró de nuevo, esta vez era un mensaje directo de una amiga:

—¿Viste que Richard Ríos te sigue? ¡OMG! ¡Qué locura!

Sonreí, y antes de cerrar el chat, subí otra foto. Esta vez, de mi día en el estadio, usando un filtro sutil para resaltar los colores de la camiseta de Colombia. Richard le dio "like" en menos de una hora. Mi corazón casi se sale del pecho. Esto se estaba poniendo interesante.

No pude dormir esa noche. ¿Qué significaba todo esto? ¿Era solo una cortesía o había algo más detrás de esos pequeños gestos? Lo que estaba claro es que, de alguna forma, el destino me estaba conectando con Richard Ríos, y no podía esperar para ver qué pasaba después.

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