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Las últimas semanas con Richard habían sido un sueño hecho realidad. Cada cita parecía mejor que la anterior: cenas, caminatas por la playa, y momentos en los que nuestras risas llenaban el silencio de la noche. No sabía en qué punto exacto había comenzado a sentir que algo especial estaba pasando entre nosotros, pero lo cierto es que ya no podía negar que me estaba enamorando.
Richard era el tipo de hombre que sabía cómo hacerme sentir cómoda, cómo hacerme reír, y lo más importante, cómo hacerme olvidar del mundo cuando estábamos juntos. Todo parecía perfecto... hasta que dejó de serlo.
Un sábado por la tarde, decidimos encontrarnos en su departamento para pasar el día juntos. Él ya estaba acostumbrado a invitarme a su lugar, y me encantaba la idea de tener un espacio más íntimo con él, donde pudiéramos ser solo nosotros dos, sin la mirada de otros.
Estaba emocionada. Había preparado un postre que le había prometido la semana anterior y me había arreglado con un vestido sencillo pero favorecedor. Quería que este día fuera especial, uno de esos momentos que recordaría siempre.
Al llegar, Richard abrió la puerta con una sonrisa, pero noté algo extraño en su mirada, como si algo lo estuviera molestando. No le di mucha importancia en ese momento, pensando que tal vez solo estaba cansado.
—¡Hola! —le dije, abrazándolo. Sentí la calidez de su cuerpo contra el mío, y por un segundo, todo parecía normal otra vez.
—Hola, Sarita. Pasa, te estaba esperando —respondió con su voz baja y grave, aunque había algo en su tono que no me cuadraba del todo.
Nos sentamos en el sofá, y mientras le mostraba el postre que había preparado, noté que revisaba su teléfono más de lo habitual. Cada vez que lo miraba, parecía que algo lo inquietaba más. No pude evitar preguntar:
—¿Todo bien? Pareces algo distraído...
Richard me miró, su mandíbula tensa por un segundo, pero luego sonrió como si nada.
—Sí, todo bien. Solo un par de mensajes del equipo —dijo, dejando el teléfono a un lado—. Mejor cuéntame más de ese postre, que me tienes con antojo desde la semana pasada.
Reímos y comenzamos a hablar, aunque en el fondo de mi mente, algo seguía sin cuadrar. Sin embargo, decidí ignorarlo, al menos por ese momento.
Después de comer, decidimos ver una película, y todo pareció relajarse un poco. Estábamos abrazados en el sofá, con mi cabeza apoyada en su pecho, cuando de repente, su teléfono sonó. El sonido lo hizo tensarse de inmediato.
—Déjame ver quién es —dijo rápidamente, tomando el teléfono.
Levanté la vista y vi el nombre en la pantalla: Natalia. Mi estómago se retorció. No sabía quién era ella, pero por la forma en que Richard cambió su expresión al ver el mensaje, supe que no era alguien del equipo ni un simple conocido.
—¿Quién es Natalia? —pregunté, tratando de sonar casual, aunque por dentro sentía que algo andaba muy mal.
Richard tardó un segundo en responder, y cuando lo hizo, sus palabras fueron como una bofetada.
—Es... mi novia.
El mundo se detuvo por completo. Sentí como si el aire hubiera sido succionado de la habitación. ¿Novia? No, esto no podía ser cierto. No después de todo lo que habíamos compartido en estas últimas semanas.
—¿Qué? —Mi voz apenas salió en un susurro, pero lo miré con incredulidad, esperando que de alguna manera me dijera que era una broma.
—Sarita, por favor, escúchame. Las cosas no son lo que parecen —dijo, intentando acercarse a mí.
Me levanté del sofá de inmediato, alejándome de él como si me hubiera quemado.
—¿Cómo que no son lo que parecen? ¡Me has estado viendo todo este tiempo y nunca mencionaste que tenías novia! ¿Qué mierda está pasando, Richard?
El dolor en mi pecho era insoportable. Sentí como si todo lo que habíamos vivido juntos fuera una mentira, una fantasía en la que yo había caído sin darme cuenta.
Richard se pasó las manos por el cabello, claramente frustrado.
—Escúchame, por favor. Lo que tengo con Valentina no es lo que piensas. Estamos... complicados. Hace meses que la relación está rota, pero no he tenido el valor de terminarlo oficialmente. No sé ni siquiera por qué seguimos juntos. Pero contigo... contigo es diferente, Sara.
—¿Diferente? —Mi voz temblaba, sintiendo cómo la ira y la tristeza se mezclaban—. ¿Cómo puedes decir que es diferente si tienes a otra persona? Me hiciste creer que esto que teníamos era especial.
Richard se levantó y se acercó a mí, intentando tomar mis manos, pero retrocedí.
—Lo es, Sara. Tú eres lo único que ha hecho que me sienta vivo en los últimos meses. No tienes idea de lo que significa para mí. Valentina... es algo del pasado. Solo que no he sabido cómo terminarlo de una vez por todas.
—¿Y pensaste que engañarla conmigo era la solución? —le solté, sin poder evitar que las lágrimas comenzaran a caer. Todo lo que había construido en mi mente sobre él, sobre nosotros, se desmoronaba ante mis ojos.
Richard bajó la cabeza, claramente avergonzado, pero no dijo nada por un momento. El silencio entre nosotros se hizo insoportable.
—Sarita, por favor... —comenzó a decir, pero lo interrumpí.
—No me llames así —dije con firmeza—. No soy esa chica. No voy a ser tu "otra" mientras tienes a alguien más.
Me acerqué a la puerta, sintiendo que las lágrimas corrían por mi rostro, pero sin mirar atrás.
—No quiero verte más, Richard —le dije con la voz quebrada—. No después de esto.
Abrí la puerta y salí, dejando atrás no solo a Richard, sino todo lo que creía que teníamos.
Mientras caminaba hacia el ascensor, me di cuenta de que el dolor en mi pecho no era solo por haber perdido a alguien que creía importante, sino por darme cuenta de que había sido engañada. Richard no solo había roto mi confianza, había jugado con mis sentimientos de una forma en que nunca lo esperé.
Cuando llegué a la calle, el aire fresco de la noche me golpeó en el rostro, ayudando a calmar mis lágrimas, pero el vacío seguía ahí. No sabía qué iba a hacer ahora, pero lo que sí sabía era que no iba a permitir que nadie me volviera a hacer sentir así.
Richard Ríos había sido un error, y yo no iba a repetirlo.