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El siguiente día llegó demasiado rápido. Apenas había dormido, y aunque la ansiedad me tenía al borde, también estaba decidido a enfrentar lo que fuera que Sara me tuviera que decir. Había arruinado muchas cosas, pero no estaba dispuesto a perderla sin luchar.
Me pasé la mañana revisando el celular cada dos minutos, esperando un mensaje con la dirección o la hora en la que nos encontraríamos. Cada vibración me ponía el corazón a mil, pero seguían siendo notificaciones inútiles de redes sociales o recordatorios de partidos.
Finalmente, pasado el mediodía, el mensaje llegó.
"Nos vemos en el café cerca de tu casa. A las 3 p.m."
Era conciso, frío, sin ningún rastro del cariño que había visto antes en sus palabras. Sabía que no iba a ser fácil, pero no podía evitar sentir que me estaba preparando para el juicio final.
A las 3 en punto, llegué al café. Sara ya estaba allí, sentada en una de las mesas junto a la ventana, mirando su celular. Me acerqué con cuidado, tratando de adivinar su estado de ánimo solo por su postura. No parecía enojada, pero tampoco estaba relajada. Había una tensión en el aire que me dejó aún más nervioso.
—Hola —le dije, tomando asiento frente a ella.
—Hola —respondió sin levantar la mirada del teléfono.
Estuvimos en silencio unos segundos, que se sintieron como horas. Finalmente, ella dejó el celular en la mesa y me miró directamente a los ojos. La frialdad en su expresión me golpeó con fuerza.
—No quiero darle vueltas a esto, Richard —comenzó, y mi corazón se encogió con el tono directo—. Me enteré de todo lo de Natalia, y lo peor es que no lo escuché de ti. Me lo dijo una amiga, y fue como si me dieran un puño en la cara.
Me quedé sin palabras. No había manera de justificarme. Había fallado, y lo sabía.
—Lo sé —dije al fin, con la voz más baja de lo que esperaba—. Fui un imbécil. No sé qué más decirte. Natalia y yo... ya no estábamos bien, pero eso no justifica lo que hice. Tenía que haberte contado todo desde el principio.
Sara asintió, su mirada fija en mí, pero seguía sin mostrar ninguna emoción.
—Sí, tenías que haberlo hecho. No merezco estar con alguien que no es honesto conmigo, Richard. Lo sabes.
El dolor en su voz se colaba en cada palabra. Traté de acercar mi mano a la suya, pero ella la retiró antes de que pudiera tocarla.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó, esta vez con algo más de emoción en la voz. No era rabia, era decepción—. ¿Por qué no confiaste en mí?
Suspiré, sintiendo cómo el nudo en mi garganta crecía.
—No sé... Quizás porque tenía miedo. No quería que pensaras que era una excusa para jugar contigo. Pero ahora veo que terminé haciendo justamente eso.
Sara cerró los ojos por un momento, como si estuviera procesando mis palabras, antes de volver a mirarme.
—¿Y qué pasó con Natalia? ¿Ya lo resolviste?
—Sí, rompí con ella. Fue lo primero que hice después de darme cuenta de que quería estar contigo, de verdad. No con ella —le expliqué, esperando que eso cambiara algo en su actitud.
Sara no reaccionó inmediatamente. Sus ojos permanecieron fijos en los míos, buscando algo que no estaba seguro de poder darle. Al final, suspiró profundamente.
—Richard, no sé si puedo confiar en ti ahora. No sé si lo que me dices es cierto o si solo me estás diciendo lo que quiero escuchar.
Sentí un dolor agudo en el pecho. Estaba a punto de perderla, y no había nada que pudiera decir para que volviera a confiar en mí de inmediato.
—No te pido que me creas hoy, Sara —dije con sinceridad—. Solo te pido una oportunidad. Una sola oportunidad para demostrarte que no soy ese tipo de hombre. Sé que la cagué, y lo siento, pero no quiero perderte por esto.
Ella permaneció en silencio por unos instantes, como si estuviera sopesando mis palabras. La tensión en el aire era palpable, y cada segundo que pasaba parecía durar una eternidad.
Finalmente, Sara se inclinó un poco hacia adelante, su mirada un poco más suave, pero aún firme.
—Te voy a decir algo, Richard. Me gustas. Mucho. Pero no sé si estoy dispuesta a seguir con esto si no puedo confiar en ti al cien por ciento. No quiero estar con alguien que me oculte cosas. Así que te voy a dar una oportunidad, pero con una condición: no más mentiras. Ni medias verdades. Si vamos a seguir, quiero saber que puedo confiar en ti, siempre.
Mis latidos se aceleraron. Era más de lo que esperaba. Una oportunidad. Sabía que no podía fallar de nuevo.
—Te prometo que no habrá más mentiras —dije, sintiendo una mezcla de alivio y responsabilidad—. Lo haré bien esta vez, te lo juro.
Sara me miró un último momento antes de asentir.
—Está bien. Vamos a intentarlo.
No había sonrisas ni abrazos, pero al menos sentía que tenía una segunda oportunidad. Me quedé mirándola mientras ella volvía a tomar su celular, como si la conversación hubiera terminado. Sabía que aún faltaba mucho por reconstruir, pero ese era el primer paso.
Salimos del café juntos, aunque había una distancia entre nosotros que antes no existía. Me dolía, pero lo entendía. Era el precio que tenía que pagar por mis errores.
Mientras caminábamos hacia su carro, ella se giró para mirarme una vez más.
—Richard, no quiero dramas. Si realmente quieres que esto funcione, mantén las cosas claras. No me hagas perder el tiempo.
Asentí, sabiendo que no podía fallar esta vez.
—Lo haré —respondí con firmeza.
La vi subir a su carro y alejarse, mientras me quedaba parado en la acera, sabiendo que este solo era el comienzo. Si quería estar con Sara, iba a tener que ganarme su confianza de nuevo, paso a paso.