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Esa noche me costó cerrar los ojos. El peso de todo lo que había dicho y hecho me mantenía despierto, dándome vueltas en la cama. Terminar con Natalia fue lo correcto, lo sabía. Pero había algo en esa despedida que seguía revolviéndome el estómago. Sus lágrimas, su silencio después de decir que me deseaba lo mejor... Me hacían sentir que había perdido a alguien importante, aunque en realidad hacía tiempo que habíamos dejado de ser "nosotros".
Me levanté de la cama antes de que amaneciera. Encendí el teléfono, esperando encontrar una respuesta de Sara, pero no había nada. Ni siquiera un "visto". El mensaje seguía ahí, ignorado. Mi corazón dio un vuelco. La verdad es que no esperaba que me perdonara de inmediato, pero parte de mí deseaba al menos una señal, una pequeña señal de que no era demasiado tarde.
Al día siguiente, el entrenamiento en el club fue una tortura. El físico me pedía más y más, pero la cabeza estaba en otro lado. James, como siempre, fue el primero en notar que algo andaba mal.
—Oe, hermano, ¿qué te pasa? —me preguntó mientras nos acomodábamos los tacos en los vestuarios—. ¿Tuviste una pelea con Natalia o qué?
Lo miré un segundo, dudando si contarle la verdad. James era de esos tipos que siempre trataba de ver el lado positivo, pero también sabía que no le gustaba meterse en dramas ajenos.
—Algo así —respondí, sin dar muchos detalles.
Pero no iba a dejarlo así. Con James nunca se trataba de respuestas simples. Me conocía demasiado bien.
—¿Cómo que algo así? —insistió—. ¿Rompieron?
Suspiré y me dejé caer en el banco, mirando al suelo.
—Sí, rompimos... —solté finalmente, y antes de que pudiera agregar algo, añadí—. Y hay alguien más.
James arqueó las cejas, sorprendido.
—¿Alguien más? Mano, ¿en qué lío te metiste ahora? —dijo en tono de broma, pero noté que estaba genuinamente curioso.
—Conocí a una chica, Sara. Pero cuando empecé a salir con ella, aún estaba con Natalia. No sé cómo pasó, pero... bueno, ya no puedo negarlo. Me gusta Sara. El problema es que ahora ella sabe de Natalia y no me ha respondido desde ayer.
James me miró por un momento, intentando procesar lo que acababa de decirle.
—Uf, viejo... La embarraste —dijo finalmente—. ¿Y ahora qué vas a hacer?
—Esperar —respondí con un encogimiento de hombros—. No puedo hacer mucho más, ¿no?
James asintió lentamente.
—Sí, bueno, no hay mucho que puedas hacer. Pero no esperes demasiado, mano. Si de verdad te importa esa pelada, ve a buscarla, háblale. Esperar solo empeora las cosas.
Sabía que tenía razón, pero parte de mí temía que Sara ya no quisiera verme. Quizás ya era demasiado tarde.
El entrenamiento terminó más rápido de lo que esperaba, aunque en realidad mi mente estaba en automático. Ni siquiera recuerdo si jugué bien o mal. Lo único que tenía en la cabeza era el teléfono y la pantalla vacía sin ningún mensaje nuevo.
Al salir del vestuario, tomé una decisión. No podía seguir esperando una respuesta que quizás nunca llegaría. Necesitaba verla en persona. El miedo a su rechazo era fuerte, pero el temor a perderla era peor.
Tomé el carro y conduje hacia su casa. No estaba seguro de si estaría allí, pero no tenía otra opción. Mientras avanzaba por las calles, repasaba una y otra vez lo que le iba a decir. Nada sonaba bien en mi cabeza. ¿Cómo se supone que arreglas algo que has roto de esa manera?
Cuando llegué, estacioné a unos metros de su edificio y me quedé sentado un rato en el auto, intentando reunir el valor para subir. Finalmente, bajé del carro y caminé hacia la entrada. El portero me miró con curiosidad cuando le pedí que la llamara.
—Sara no está en casa —dijo sin más.
Sentí cómo el suelo se desmoronaba bajo mis pies. No esperaba esa respuesta.
—¿Sabe dónde está? —pregunté, sabiendo que seguramente no me diría nada.
—Salió con una amiga hace un rato —respondió el hombre, dándome una mirada de lástima.
Asentí en silencio y volví al carro, sintiendo el peso de la frustración en el pecho. Otra vez a la espera. Aguardando por una señal que no sabía si llegaría. Mientras manejaba de vuelta a casa, mi mente no paraba de dar vueltas.
Llegué a mi apartamento y me desplomé en el sillón, agotado. Apenas me acomodé, el teléfono vibró en mi bolsillo. Mi corazón se aceleró al ver el nombre de Sara en la pantalla.
"Tenemos que hablar. ¿Puedes verme mañana?"
La sensación de alivio fue inmediata, pero también supe que el siguiente encuentro no sería fácil. Estaba dispuesto a enfrentar lo que fuera, con tal de arreglar lo que había destruido. Me quedé un rato mirando el mensaje antes de responder.
"Claro, dime dónde y a qué hora."
Le di enviar, y finalmente sentí un pequeño respiro. Mañana sería el día en que todo cambiaría, para bien o para mal.