Reflexiones del pasado

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La vida parecía estar avanzando rápido a mi alrededor, pero dentro de mí todo seguía igual, detenido en un limbo que no lograba entender

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La vida parecía estar avanzando rápido a mi alrededor, pero dentro de mí todo seguía igual, detenido en un limbo que no lograba entender. Sentado en la sala de mi apartamento, con la televisión encendida mostrando algún partido al que ni siquiera estaba prestando atención, mi mente vagaba hacia un lugar del que me había estado esforzando por escapar: Sara.

No sé por qué siempre volvía a esos momentos. Tal vez era el silencio que me rodeaba, o la manera en que, cuando las luces de la ciudad bajaban, los recuerdos subían como una marea imparable. Sara estaba allí, en cada rincón de mi mente. Su risa, su forma de mirarme cuando hablaba con seriedad, la manera en que me hacía sentir que no importaba lo complicado que fuera el mundo, siempre habría un refugio en ella.

No puedo negar que el tiempo que pasamos juntos fue intenso. Cada salida, cada encuentro, cada maldita cita tenía algo que no había experimentado con nadie más. Por mucho que me repita que todo acabó por una razón, hay algo en mí que no se desprende del todo.

Me levanté del sofá y caminé hacia el balcón, abriendo las puertas de cristal para dejar que la brisa nocturna me despejara la cabeza. Miré la ciudad bajo mis pies, las luces titilantes que llenaban Medellín, y me perdí en la vista. En este momento de mi vida todo debería ser perfecto. Jugué en la Selección, hice mi nombre en el fútbol, y estaba en el mejor momento de mi carrera. Pero aun así, algo faltaba. Algo que no podía llenar con trofeos o goles.

¿Qué pasó con nosotros? ¿Cómo fue que dejé que todo se fuera a la mierda de esa manera?

El celular vibró en la mesa detrás de mí, interrumpiendo mis pensamientos. Lo tomé sin mucho interés, pero al ver la notificación en la pantalla, un nudo se formó en mi estómago.

Sara ha subido una nueva foto.

No debería importarme. No debería estar mirando qué hace o deja de hacer. Pero antes de darme cuenta, ya había abierto Instagram. Era una foto de ella en la playa, sonriente, con el cabello despeinado por el viento, y una mirada que irradiaba paz. Estaba más hermosa que nunca, como si el tiempo lejos de mí solo hubiera mejorado cada detalle de su rostro.

Joder, ¿por qué seguía haciéndome esto?

Apagué la pantalla de golpe, pero el daño ya estaba hecho. Esa imagen estaba grabada en mi mente, y los recuerdos comenzaron a filtrarse de nuevo, como un maldito río desbordado que no podía controlar. Todo me llevaba de regreso a los días en los que ella y yo éramos algo más que una simple historia fallida.

Recuerdo cómo, después de cada partido, ella siempre estaba ahí. Esperando. A veces con una cerveza en la mano, otras con una sonrisa que borraba todo el cansancio de mi cuerpo. Ella sabía cómo leerme, cómo entender lo que necesitaba antes de que yo mismo lo supiera. Y esa sensación de ser visto, de ser comprendido, era algo que no había vuelto a encontrar.

Me pasé la mano por el cabello, tratando de disipar la creciente frustración que se acumulaba en mi pecho. Quizás había sido yo el que lo había arruinado todo. Quizás había sido mi maldita incapacidad de manejar las cosas como debía. ¿Cómo podía ser tan bueno en la cancha y, al mismo tiempo, ser un desastre fuera de ella?

Me apoyé contra la barandilla del balcón, el frío del metal atravesando la delgada camiseta que llevaba puesta. Cerré los ojos por un momento, respirando hondo, buscando alguna respuesta en el silencio de la noche. Pero no la encontré. Solo encontré más preguntas.

¿Por qué no la he olvidado? ¿Por qué sigo atado a ella, a lo que fuimos, cuando claramente ella ha seguido adelante? Porque eso era lo que me dolía. Ver que ella estaba bien, feliz, mientras yo seguía lidiando con estos malditos recuerdos.

El sonido de la puerta del apartamento abriéndose me sacó de mis pensamientos. Era Natalia. Entró, con su sonrisa habitual, llenando el espacio con su energía.

—¡Hola, amor! —me saludó alegremente, caminando hacia mí para darme un beso.

Le respondí, pero mi mente seguía en otro lugar. Natalia se dio cuenta de inmediato.

—¿Todo bien? Pareces distante.

—Sí, todo bien —mentí.

—Hmm, no me parece. —Me miró, con esa mirada inquisitiva que conocía muy bien—. No has dicho nada desde que llegué.

La realidad era que no estaba bien, y lo peor es que sabía que no podía hablar de esto con ella. Natalia era una buena persona, alguien que había entrado en mi vida cuando más lo necesitaba. Pero, por alguna razón, estar con ella nunca llenaba el vacío que Sara había dejado. Y ese vacío ahora parecía más grande que nunca.

—Solo estoy cansado —dije finalmente, dándole una sonrisa que ni siquiera yo creía.

Ella asintió, aunque no parecía convencida.

Mientras Natalia iba a la cocina a prepararse algo de comer, me quedé en el balcón, mirando hacia la oscuridad. Sabía que este era solo el comienzo de una tormenta que había estado evitando. Porque aunque intentaba seguir adelante, mi corazón aún estaba atrapado en el pasado, en ella. Y no tenía idea de cómo liberarme.

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